sábado, 19 de octubre de 2013

Tu muerte

Tu muerte no se llora.
Simplemente la izamos en el aire.
Y así lo dijo él.
El guardián y nuestro refugio.


Tu muerte no se llora.
La izamos en el aire.
Porque amarte fue la bandera de mi libertad
el símbolo de nuestra patria
el hogar escondido en tu pecho.
Porque amarte pasó a ser el sentido,
la representación de mi existencia,
su única justificación.
Y cuando te vayas con el viento,
tu nombre será un himno de despedida,
un saludo,
una mano que rasguña el corazón.




domingo, 12 de mayo de 2013

Mudar la piel

A mi familia matriarcal de Tiquicia: Karla Solano, Gabriela Zumbado y Mariana Zumbado.

La mujer amaneció odiando todos los rincones, todos los espacios, todos los pedazos; se despertó con la terrible conciencia de saberse finita. Fue sacudida por la presencia del cosmos plegada a su ser y su no ser, plasmado en cada bloque; cada célula era un evento que se hacía parte de ella, de cada curva, cada línea del cuerpo interminable. Exhaló un suspiro hastiado, cargado de sueños incompletos. La mujer intentaba arduamente soñar con aquello que pensaba antes de irse a dormir, quería replicar la fantasía diurna; debajo de su almohada yacían todas las esperanzas, rabietas, mordiscos y lágrimas. La mujer dormía boca abajo para sentir la presión del deseo sobre su cabeza sin tener que verla. Esa mañana, con el hocico aplastado contra las arrugas de la sábana, la almohada era más difícil de remover. El mundo tenía un peso inamovible, se trazaba sobre una circunferencia de tragedia infinita; ella solo quería bajarse en la esquina. Gritó. Contra los brazos del amante invisible pataleó. Volvió a gritar.

La mujer vociferaba excusas para acabar con el hilo y el discurso. Estaba enredada en listones blancos, solemnes lazos que la ataban a su cama. Era irreconocibles cenizas, un esbozo de su existencia. Parecía haberse convertido en tan solo el boceto de esa mujer. Quería rasgar el papel, destruir por completo esa idea interrumpida que todos se habían hecho de ella. La destrucción se sabía como otra forma de creación, el cataclismo de su totalidad era necesario para la catarsis del alma; con un abrupto giro ya se encontraba en el medio del colchón, abierta, esperando. La soledad se hallaba en la caída y la elevación cansada del pecho desnudo.

Comenzó resbalando sus yemas a lo largo de su abdomen, oprimiendo la piel abultada. Sus dedos trazaron el contorno de sus caderas, la hendidura inocente que precedía a sus hinchados muslos. Calentó sus manos entre sus piernas. La mujer se sentía dueña de cada uno de sus pétalos, queridos o no. Escurrió una garra y apretó una de sus nalgas, patinando hacia sus piernas. Clavó sus uñas en sus sesgados senos, el filo de sus uñas cortaba lentamente el pezón cargado de besos agrestes. Le tomó horas. Mordió sus dedos y capturó entre dientes un tajo de su pellejo. Tiró de él violentamente, desnudando sus manos. No desistió hasta desvestir sus brazos. Arrancó la cáscara de sus muslos, hasta sentir que su cuerpo se sostenía sobre sus breves tobillos. Hundió sus uñas en el abismo del ombligo, rasgando cada una de sus partes usadas. Veintitrés mariposas se habían escondido en su corteza y en un instante batieron las alas teñidas de vino para no regresar jamás.

Cada recuerdo ausente flotaba en el aire como una partícula del polvo, danzando con el sol; había cierta gracia en la despedida de lo indeseable. La mujer se hallaba desnuda, abierta, esperando y ahora completamente erguida. En carne viva, más viva que nunca.

martes, 26 de marzo de 2013

Ojos grises

Quiero agradecerte…

Por lidiar con mis piojos, por lidiar conmigo. Por la sopita especial que nos hacías a mi hermano y a mí. Por lavarme las medias. Por coserme los pantalones del colegio. Por mandarme a hacer las tortas en mi cumpleaños, por mandar a hacer los disfraces de cada obra de teatro. Por ponerme talquito en las axilas después de bañarme con una motica felpuda. Por bañarme con agua tibia, incluso cuando no tenías agua caliente y tenías que calentarla en una olla. La mezclabas, se convertía en la temperatura perfecta, y me bañabas con un balde. Por lavarme mis tiernos rizos con champú. Por revisar todas las noches si estaba durmiendo bien, y por arroparme cuando notabas que no. Por curarme las orejas cuando los desgraciados secuestradores las destrozaron. Por ir a todas mis presentaciones cuando mis padres no iban, porque estaban muy ocupados.

Te amo y te voy a amar siempre. Te he extrañado durante todos estos años y creo que nunca dejaré de hacerlo. Perdóname. Perdóname por todo. Perdóname por haber sido una idiota y haber rectificado cuando ya no podías estar consciente. Perdóname por haberte rechazado cuando me querías enseñar a coser… Ahora lo hago y lo disfruto un montón. Perdóname por no haber ido con mi vestido naranja a tu cama cuando cumplí quince años. Perdóname por haberme reído. Perdóname por haberte hecho parte de las anécdotas. Perdóname. Perdóname. Perdóname como yo debo perdonar a Dios por no permitirte ver la mujer en la que me he convertido. Y espero que Dios también me permita perdonarme a mí misma.

domingo, 3 de marzo de 2013

Prosa de un verano invertido

Que la culpa no es mía, que la culpa es de la tierra.
Que culpo a la tierra porque la llevo sobre los hombros,
Con la sangre enardecida que irá a regar
Otro huerto.
Que me duele el costado
Porque la mejilla de la luna se aparece en todos lados
Y la tengo que compartir contigo.
Que no es culpa mía, que la tierra tiene la culpa.
Que Orión te está viendo llevártela cada seis meses
Y me deja sin nada,
Para que mis ojos desistan,
Cansados,
De mirar en la oscuridad.




Costa Rica, 13/03/2023

miércoles, 13 de febrero de 2013

Acuarelas



El problema que tiene la humanidad es de desprendimiento. Nos gusta aferrarnos a las cosas y no queremos perderlas. Desesperadamente conservamos un afán de hacer prisioneros a lo hermoso), a lo que nos perturba desde el alma al todo. Por eso creamos arte; buscamos inmortalizar para no sentir el abandono de nuestras emociones, queremos encontrarlas a través del tiempo. Por eso creemos en Dios, el abandono de una raza es intolerable.  Pero es esta conciencia que cargamos de la ausencia la que nos inspira a amar, a arriesgarnos, a soñar. Nuestro problema es el mayor beneficio de nuestra especie.

domingo, 16 de diciembre de 2012

La falta de una metamorfosis.

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Andrea Crespo se despertó convertida en la habitual y monstruosa versión de ella misma. 

Terrible ocurrrencia era despertar y darse cuenta de que nada había cambiado.

martes, 4 de diciembre de 2012

Se habla venezolano (desahogo)


Todos somos unos güevones. Partamos de esa premisa y salimos ya de ese peo.
Voy a hablar desde la experiencia porque es lo único que cualquiera lleva consigo. Y creo que todo este peo que cargo encima es la esencia de lo que significa la transculturización, la cual se entiende como “los procesos de difusión o infiltración de complejos o rasgos culturales de una a otra sociedad o grupo social”, dijo otro güevón como yo pero creo que fue a la universidad y terminó posteando la tesis en internet. No le vamos a echar la culpa a la globalización, porque este conflicto es milenario, y es que podemos rastrear esto hasta los colonizadores que se mancillaban a las indígenas y tal (vamos a verlo así, como una tortura, porque eso nos dicen los libros de historia de Venezuela, ya-tú-sabe-los-españoles-son-lo-peor-y-qué-viva-la-resistencia-indígena). Bueno, empiezo con el cuento. Yo me mudé a Costa Rica, me vine para acá sin saber un coño de nadie, de vaina y sabía quién era Óscar Arias, por los discursos y la vaina de paz en Centroamérica. Me vine por varias razones, pero eso no entra aquí, entonces como que borro esta línea. Mejor no. Me vine porque estaba harta de vivir cagadísima y porque surgió una oportunidad laboral para alguien en mi familia que era realmente importante. No quisiera decir que me fui por Chávez, aunque todo, realmente, gira entorno a su omnipotente presencia. No borré la línea. Esta soy yo sin filtro, cruda, desahogándome. Tres veces más vulgar. Porque en mi mente las groserías que digo se entienden y no me tengo que preocupar por que no sea así. Volvamos a eso. De eso quiero hablar: la transculturización. Resulta que yo quería hacer vainas muy de pinga en este país, incluso me instruí decentemente en su historia y en la centroamericana, para poder hablar con propiedad, ¿sabes? Entonces me quise involucrar. Pero algo estaba fallando. Era una barrera que no podía cruzar, como tener un murito pendejo enfrente y la escalerita al lado pero no saber si la quieres usar. 
La vaina es que no me entienden. Digo, tengo pocos amigos ticos y al inicio era de pinga que compartiéramos expresiones y aprendiéramos el argot del otro. Pero yo no usaba la jerga de los ticos y ellos no tenían por qué usar la mía, no estaban en mi país. Entonces por más cómico y buenavaina que suenen ciertas cosas, había ese factorcito de “siempre está hablando en otro registro”. No nos podíamos conectar. Era tan simple como remplazar el “necesito que me digas una vaina” por “ocupo (uy, cómo me caga el mal uso de esa palabra) que me digás algo”.
La cosa es que el venezolano le guarda cierto rencor a los que están afuera y ese güevo se lo tiene que calar uno, tolerar los tuits de la gente que rechaza la opinión de otros solo porque están lejos. Otros venezolanos, tienen la patria sumamente arraigada y no lo pueden ver a uno diciendo otra cosa que no sea “mira, ahí está el chigüire que va comiéndose una arepa y un tomándose un guayoyo con cocuy”. O cualquier variación de una vaina que suene muy nosotros. El caso es que los venezolanos les tienen arrechera a todos los venezolanos que se han ido y que se atreven a cambiar algunas palabritas. Pero es esencial, es básico, es fundamental: si no alteramos en lo más mínimo nuestro lenguaje cuando nos comunicamos con los nativos (podemos verlo como enriquecimiento, si somos optimistas) no vamos a poder transmitir un mensaje de la manera más efectiva. No estoy diciendo que voy a empezar a darle con el ustedeo en todas mis relaciones cercanas, porque me es ajeno y fingido, pero sí siento que hay expresiones ticas que debo usar porque mi vivencia fue tica. No puedo decir otra cosa que “eso es un despiche” si para mis interlocutores lo que sucedió es que se volvió mierda todo, un completo desastre: para ellos es esencialmente un despiche. No voy a decir, tampoco, “el acontecimiento alarmante consistió en la desestructuración de todos los elementos que fundamentaban el asunto a tratar”. ¡¿Por qué?! 
La comunicación es dinámica y bilateral. Y su propósito es expresar ideas, sentimientos, transmitir un mensaje. No gano nada al sucumbir a las amenazas de que me van a odiar mis coterráneos.  Sigo pensando que el español de Venezuela posee cierta supremacía, pero esa soy yo, por mojoneada y pajúa, y porque es el español que mejor sé expresar, es el mío. Pero ya esos estándares le quedan chiquitos al mundo y a este proceso transcultural.  La selección natural discute que los organismos que triunfan son aquellos superiores por su poder de adaptación. Ajá. Y si te mudas y no te adaptas, ¿no crees que te estés saboteando la existencia porque andas en un rollo mental donde sientes que estás sobreviviendo y no tripeándote vivir en el extranjero?
La transculturización tiene su buena vaina y su maltripeo. En parte, nos ayuda a sentir que no estamos solos ni aislados, y que estamos en constante movimiento evolucionario; podemos romper un montón de paradigmas, observarnos desde otra perspectiva y forjar cosas nuevas. Ser cosas nuevas, individuos listos para transitar el mundo. Pero también está esa parte chimba del sentimiento de invasión, donde una cultura siente que vino un poco de gente a montar el rancho en la finca de la noche a la mañana (paréntesis: esto no inició con Chávez, me ladilla burda cuando la habla taaantas güevonadas. Quien leyó Doña Bárbara en noveno grado porque se tomó el trabajo de hacerlo sabe que no es así. Hasta esa maldita le choripaneaba los terrenos de Altamira a Luzardo y se lo caribeaba durísimo al principio. Claro que la obra indica que contra esa vaina se lucha. Sigo. Cierre del paréntesis.) y es por eso que le agarran arrechera a los extranjeros. Los oriundos de la tierra sienten, en un afán retrógrado, que les están robando algo porque les caga la competencia y no ven los beneficios. 
Escribo esto porque me quiero sentir ciudadana del mundo, pero también quiero habitar mi propio cuerpo y expresarme, por un segundo, como me da la gana. Y en mi cabeza se habla venezolano. Suerte con esa vaina. Me entregaré momentáneamente al estereotipo que tenemos (el gastronómico, no el político) y me voy a comer una arepa. 
Fin del (quizás exitoso) comunicado.

Tu muerte

sábado, 19 de octubre de 2013 · 0 comentarios

Tu muerte no se llora.
Simplemente la izamos en el aire.
Y así lo dijo él.
El guardián y nuestro refugio.


Tu muerte no se llora.
La izamos en el aire.
Porque amarte fue la bandera de mi libertad
el símbolo de nuestra patria
el hogar escondido en tu pecho.
Porque amarte pasó a ser el sentido,
la representación de mi existencia,
su única justificación.
Y cuando te vayas con el viento,
tu nombre será un himno de despedida,
un saludo,
una mano que rasguña el corazón.




Mudar la piel

domingo, 12 de mayo de 2013 · 0 comentarios

A mi familia matriarcal de Tiquicia: Karla Solano, Gabriela Zumbado y Mariana Zumbado.

La mujer amaneció odiando todos los rincones, todos los espacios, todos los pedazos; se despertó con la terrible conciencia de saberse finita. Fue sacudida por la presencia del cosmos plegada a su ser y su no ser, plasmado en cada bloque; cada célula era un evento que se hacía parte de ella, de cada curva, cada línea del cuerpo interminable. Exhaló un suspiro hastiado, cargado de sueños incompletos. La mujer intentaba arduamente soñar con aquello que pensaba antes de irse a dormir, quería replicar la fantasía diurna; debajo de su almohada yacían todas las esperanzas, rabietas, mordiscos y lágrimas. La mujer dormía boca abajo para sentir la presión del deseo sobre su cabeza sin tener que verla. Esa mañana, con el hocico aplastado contra las arrugas de la sábana, la almohada era más difícil de remover. El mundo tenía un peso inamovible, se trazaba sobre una circunferencia de tragedia infinita; ella solo quería bajarse en la esquina. Gritó. Contra los brazos del amante invisible pataleó. Volvió a gritar.

La mujer vociferaba excusas para acabar con el hilo y el discurso. Estaba enredada en listones blancos, solemnes lazos que la ataban a su cama. Era irreconocibles cenizas, un esbozo de su existencia. Parecía haberse convertido en tan solo el boceto de esa mujer. Quería rasgar el papel, destruir por completo esa idea interrumpida que todos se habían hecho de ella. La destrucción se sabía como otra forma de creación, el cataclismo de su totalidad era necesario para la catarsis del alma; con un abrupto giro ya se encontraba en el medio del colchón, abierta, esperando. La soledad se hallaba en la caída y la elevación cansada del pecho desnudo.

Comenzó resbalando sus yemas a lo largo de su abdomen, oprimiendo la piel abultada. Sus dedos trazaron el contorno de sus caderas, la hendidura inocente que precedía a sus hinchados muslos. Calentó sus manos entre sus piernas. La mujer se sentía dueña de cada uno de sus pétalos, queridos o no. Escurrió una garra y apretó una de sus nalgas, patinando hacia sus piernas. Clavó sus uñas en sus sesgados senos, el filo de sus uñas cortaba lentamente el pezón cargado de besos agrestes. Le tomó horas. Mordió sus dedos y capturó entre dientes un tajo de su pellejo. Tiró de él violentamente, desnudando sus manos. No desistió hasta desvestir sus brazos. Arrancó la cáscara de sus muslos, hasta sentir que su cuerpo se sostenía sobre sus breves tobillos. Hundió sus uñas en el abismo del ombligo, rasgando cada una de sus partes usadas. Veintitrés mariposas se habían escondido en su corteza y en un instante batieron las alas teñidas de vino para no regresar jamás.

Cada recuerdo ausente flotaba en el aire como una partícula del polvo, danzando con el sol; había cierta gracia en la despedida de lo indeseable. La mujer se hallaba desnuda, abierta, esperando y ahora completamente erguida. En carne viva, más viva que nunca.

Ojos grises

martes, 26 de marzo de 2013 · 1 comentarios

Quiero agradecerte…

Por lidiar con mis piojos, por lidiar conmigo. Por la sopita especial que nos hacías a mi hermano y a mí. Por lavarme las medias. Por coserme los pantalones del colegio. Por mandarme a hacer las tortas en mi cumpleaños, por mandar a hacer los disfraces de cada obra de teatro. Por ponerme talquito en las axilas después de bañarme con una motica felpuda. Por bañarme con agua tibia, incluso cuando no tenías agua caliente y tenías que calentarla en una olla. La mezclabas, se convertía en la temperatura perfecta, y me bañabas con un balde. Por lavarme mis tiernos rizos con champú. Por revisar todas las noches si estaba durmiendo bien, y por arroparme cuando notabas que no. Por curarme las orejas cuando los desgraciados secuestradores las destrozaron. Por ir a todas mis presentaciones cuando mis padres no iban, porque estaban muy ocupados.

Te amo y te voy a amar siempre. Te he extrañado durante todos estos años y creo que nunca dejaré de hacerlo. Perdóname. Perdóname por todo. Perdóname por haber sido una idiota y haber rectificado cuando ya no podías estar consciente. Perdóname por haberte rechazado cuando me querías enseñar a coser… Ahora lo hago y lo disfruto un montón. Perdóname por no haber ido con mi vestido naranja a tu cama cuando cumplí quince años. Perdóname por haberme reído. Perdóname por haberte hecho parte de las anécdotas. Perdóname. Perdóname. Perdóname como yo debo perdonar a Dios por no permitirte ver la mujer en la que me he convertido. Y espero que Dios también me permita perdonarme a mí misma.

Prosa de un verano invertido

domingo, 3 de marzo de 2013 · 0 comentarios

Que la culpa no es mía, que la culpa es de la tierra.
Que culpo a la tierra porque la llevo sobre los hombros,
Con la sangre enardecida que irá a regar
Otro huerto.
Que me duele el costado
Porque la mejilla de la luna se aparece en todos lados
Y la tengo que compartir contigo.
Que no es culpa mía, que la tierra tiene la culpa.
Que Orión te está viendo llevártela cada seis meses
Y me deja sin nada,
Para que mis ojos desistan,
Cansados,
De mirar en la oscuridad.




Costa Rica, 13/03/2023

Acuarelas

miércoles, 13 de febrero de 2013 · 0 comentarios



El problema que tiene la humanidad es de desprendimiento. Nos gusta aferrarnos a las cosas y no queremos perderlas. Desesperadamente conservamos un afán de hacer prisioneros a lo hermoso), a lo que nos perturba desde el alma al todo. Por eso creamos arte; buscamos inmortalizar para no sentir el abandono de nuestras emociones, queremos encontrarlas a través del tiempo. Por eso creemos en Dios, el abandono de una raza es intolerable.  Pero es esta conciencia que cargamos de la ausencia la que nos inspira a amar, a arriesgarnos, a soñar. Nuestro problema es el mayor beneficio de nuestra especie.

La falta de una metamorfosis.

domingo, 16 de diciembre de 2012 · 0 comentarios

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Andrea Crespo se despertó convertida en la habitual y monstruosa versión de ella misma. 

Terrible ocurrrencia era despertar y darse cuenta de que nada había cambiado.

Se habla venezolano (desahogo)

martes, 4 de diciembre de 2012 · 0 comentarios


Todos somos unos güevones. Partamos de esa premisa y salimos ya de ese peo.
Voy a hablar desde la experiencia porque es lo único que cualquiera lleva consigo. Y creo que todo este peo que cargo encima es la esencia de lo que significa la transculturización, la cual se entiende como “los procesos de difusión o infiltración de complejos o rasgos culturales de una a otra sociedad o grupo social”, dijo otro güevón como yo pero creo que fue a la universidad y terminó posteando la tesis en internet. No le vamos a echar la culpa a la globalización, porque este conflicto es milenario, y es que podemos rastrear esto hasta los colonizadores que se mancillaban a las indígenas y tal (vamos a verlo así, como una tortura, porque eso nos dicen los libros de historia de Venezuela, ya-tú-sabe-los-españoles-son-lo-peor-y-qué-viva-la-resistencia-indígena). Bueno, empiezo con el cuento. Yo me mudé a Costa Rica, me vine para acá sin saber un coño de nadie, de vaina y sabía quién era Óscar Arias, por los discursos y la vaina de paz en Centroamérica. Me vine por varias razones, pero eso no entra aquí, entonces como que borro esta línea. Mejor no. Me vine porque estaba harta de vivir cagadísima y porque surgió una oportunidad laboral para alguien en mi familia que era realmente importante. No quisiera decir que me fui por Chávez, aunque todo, realmente, gira entorno a su omnipotente presencia. No borré la línea. Esta soy yo sin filtro, cruda, desahogándome. Tres veces más vulgar. Porque en mi mente las groserías que digo se entienden y no me tengo que preocupar por que no sea así. Volvamos a eso. De eso quiero hablar: la transculturización. Resulta que yo quería hacer vainas muy de pinga en este país, incluso me instruí decentemente en su historia y en la centroamericana, para poder hablar con propiedad, ¿sabes? Entonces me quise involucrar. Pero algo estaba fallando. Era una barrera que no podía cruzar, como tener un murito pendejo enfrente y la escalerita al lado pero no saber si la quieres usar. 
La vaina es que no me entienden. Digo, tengo pocos amigos ticos y al inicio era de pinga que compartiéramos expresiones y aprendiéramos el argot del otro. Pero yo no usaba la jerga de los ticos y ellos no tenían por qué usar la mía, no estaban en mi país. Entonces por más cómico y buenavaina que suenen ciertas cosas, había ese factorcito de “siempre está hablando en otro registro”. No nos podíamos conectar. Era tan simple como remplazar el “necesito que me digas una vaina” por “ocupo (uy, cómo me caga el mal uso de esa palabra) que me digás algo”.
La cosa es que el venezolano le guarda cierto rencor a los que están afuera y ese güevo se lo tiene que calar uno, tolerar los tuits de la gente que rechaza la opinión de otros solo porque están lejos. Otros venezolanos, tienen la patria sumamente arraigada y no lo pueden ver a uno diciendo otra cosa que no sea “mira, ahí está el chigüire que va comiéndose una arepa y un tomándose un guayoyo con cocuy”. O cualquier variación de una vaina que suene muy nosotros. El caso es que los venezolanos les tienen arrechera a todos los venezolanos que se han ido y que se atreven a cambiar algunas palabritas. Pero es esencial, es básico, es fundamental: si no alteramos en lo más mínimo nuestro lenguaje cuando nos comunicamos con los nativos (podemos verlo como enriquecimiento, si somos optimistas) no vamos a poder transmitir un mensaje de la manera más efectiva. No estoy diciendo que voy a empezar a darle con el ustedeo en todas mis relaciones cercanas, porque me es ajeno y fingido, pero sí siento que hay expresiones ticas que debo usar porque mi vivencia fue tica. No puedo decir otra cosa que “eso es un despiche” si para mis interlocutores lo que sucedió es que se volvió mierda todo, un completo desastre: para ellos es esencialmente un despiche. No voy a decir, tampoco, “el acontecimiento alarmante consistió en la desestructuración de todos los elementos que fundamentaban el asunto a tratar”. ¡¿Por qué?! 
La comunicación es dinámica y bilateral. Y su propósito es expresar ideas, sentimientos, transmitir un mensaje. No gano nada al sucumbir a las amenazas de que me van a odiar mis coterráneos.  Sigo pensando que el español de Venezuela posee cierta supremacía, pero esa soy yo, por mojoneada y pajúa, y porque es el español que mejor sé expresar, es el mío. Pero ya esos estándares le quedan chiquitos al mundo y a este proceso transcultural.  La selección natural discute que los organismos que triunfan son aquellos superiores por su poder de adaptación. Ajá. Y si te mudas y no te adaptas, ¿no crees que te estés saboteando la existencia porque andas en un rollo mental donde sientes que estás sobreviviendo y no tripeándote vivir en el extranjero?
La transculturización tiene su buena vaina y su maltripeo. En parte, nos ayuda a sentir que no estamos solos ni aislados, y que estamos en constante movimiento evolucionario; podemos romper un montón de paradigmas, observarnos desde otra perspectiva y forjar cosas nuevas. Ser cosas nuevas, individuos listos para transitar el mundo. Pero también está esa parte chimba del sentimiento de invasión, donde una cultura siente que vino un poco de gente a montar el rancho en la finca de la noche a la mañana (paréntesis: esto no inició con Chávez, me ladilla burda cuando la habla taaantas güevonadas. Quien leyó Doña Bárbara en noveno grado porque se tomó el trabajo de hacerlo sabe que no es así. Hasta esa maldita le choripaneaba los terrenos de Altamira a Luzardo y se lo caribeaba durísimo al principio. Claro que la obra indica que contra esa vaina se lucha. Sigo. Cierre del paréntesis.) y es por eso que le agarran arrechera a los extranjeros. Los oriundos de la tierra sienten, en un afán retrógrado, que les están robando algo porque les caga la competencia y no ven los beneficios. 
Escribo esto porque me quiero sentir ciudadana del mundo, pero también quiero habitar mi propio cuerpo y expresarme, por un segundo, como me da la gana. Y en mi cabeza se habla venezolano. Suerte con esa vaina. Me entregaré momentáneamente al estereotipo que tenemos (el gastronómico, no el político) y me voy a comer una arepa. 
Fin del (quizás exitoso) comunicado.