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domingo, 13 de abril de 2014

Nosotros (los hijos bastardos de Bolívar)



Plac. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Ocho. Plac.
 
            Él recordaba como el sol quemaba sus sienes. Hacía calor. Derrochaba sol, brotaban grotescas lágrimas de su piel. Hace algunos años inventaron la ceguera, imagino que en un día de calor como este. Él usaba el casco y el orbe se distorsionaba, justo después de un comando. Plac. Llegaron gritando,  acusándoles de traidores, los hijos bastardos de Bolívar. Frunció el ceño, tratando de recordar al padre que nunca conoció, un rostro ajeno a él en el cual buscaba mirarse con compasión en los ojos. Y nada más.

Los han diseñado indestructibles contra todo menos la inmolación del espíritu. Debajo del chaleco se incinera su voluntad. Plac. Ella se acerca. Vocifera himnos de gloria. Ella sostiene una rosa entre sus manos y se la ofrece a su impotencia. Ha cortado todas las espinas del tallo para no herirlo. Para no herirse. Ella proclama unión aunque lo mira con lástima porque sabe que no puede verla. Un día como hoy inventaron la ceguera y sé que hacía calor. Habían avanzado demasiado y ya no podía permitirlo, aunque su cuerpo anhelaba descubrir la risa de su sangre.

Tuvo que retenerla. Ella insistía, todos insistían. Arremetió su cuerpo contra ella y escuchó la irregularidad de su diafragma, el aliento robado. Se preguntó cuál será su color favorito. Se preguntó si ella, también, despierta algunos días odiando todo. Se preguntó si no puede dejar de cantar una vez que escucha cualquier melodía. Se preguntó si odia que le tomen fotos, si se esconde de la cámara, tierna y juguetona. No importaría, ya inmortalizó su sonrisa en un recuerdo. Aún se cuestionaba, quería saber si llora cada vez que se siente sola ante el espejo o si dobla las esquinas en sus libros e incluso si se atreve a blasfemarlos con un subrayado de lápiz, cuando la conmueve alguna organización perfecta de palabras. Plac.  

“Tú no te puedes enamorar porque la revolución no ama”. Meditó por varios segundos mis palabras y retomó el ritmo. Sé que intentaba sacudirse la ceguera y remplazarla por una mucho más peligrosa. Hacía calor.  El amor es siempre pobre y con recursos. Él también tenía hambre, todos teníamos hambre; no podíamos decir nada. Plac. Ella está en el suelo. La rosa yacía a cortos metros de él y la voz de su madre reprimiéndolo resonaba en sus oídos. Cada puñetazo le borraba la esperanza de la cara. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Plac. Ocho. No advirtió que estaba llorando. Desvié mi mirada para no incomodarlo. El soldado interrumpía cada sollozo con súplicas de perdón. Ella se retorcía debajo de sus piernas pero no hacía mayor intento de escapar. Aguantaba, orgullosa, se sentía libre.  No estaba ciega. Ocho nudillos, tenues pinceles que dibujaban con tinta morada el lienzo de su rostro. Plac. Plac. Plac. Era suficiente.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Superficies emergentes


A Massimo

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días ausencia férrea, letargo y silencio. La mirada del ladrón era incapaz de abandonar la mesa tambaleante; su única pata declamaba orgullo con cada crepúsculo transeúnte.  El ladrón pensaba en la mujer. No se trataba de escribirla, quería develarla al tocarla, y quizás más tarde lograr materializarla en una onda pícara que se infiltrara en su tren de pensamiento.  Encima de la mesa, estaba el recordatorio infernal: un antiguo reloj cuyos soldados de arena alguna vez se hicieron pasar por caballeros, que en su demencia, se enfrentaron a unos molinos de viento.  Uno a uno, los soldados iban cayendo en la fosa eterna, aludiendo al torpe sacrificio.

No era una cuestión de honor en espacios oníricos. Esto le ocurría a quienes intentaban burlar el orden, su propia naturaleza. Tenía un andamio simpático y un carisma arcaico; no era inusual la recepción de miradas patidifusas. El ladrón no poseía condiciones superfluas, ni representaba al enamoramiento pasajero, se había comprometido de por vida con ella. Así, decidió visitar los recuerdos de aquella noche: el cese de los puñales acuosos finalmente le dio la bienvenida a la época decembrina. Ensimismado, se percató de su sentenciada desolación; la consciencia de un ladrón no podía soportar una compañía que fuese aún más foránea que la suya.

 El suelo, bajo el tenue farol, se vislumbraba lúgubre; una sola víctima meditaba en el centro de la plaza mayor. Hacía frío. Una cúpula ajena al modelo generacional cubría sus cabezas, y el ladrón percibió el delgado escalofrío que atacó los finos vellos del cuello distante. La mujer no giró su cabeza, se negó a reconocer su intromisión. Cuando el ladrón avanzó, inmediatamente se supo atrapado; era la silente amenaza de una entrega sin conflagración. Iba a tomar el bolso cuando una mano lo detuvo, entrelazando sus dedos. La víctima pronunció un consentimiento angelical y levantó la tira sobre su cabeza, despojándose de ella. Para él, había dejado de ser suficiente. Quería más, después de atender con deleite a los vocablos de su víctima, no podía arrancárselos del recuerdo. La mujer entregó todas sus posesiones y un hasta luego. Se levantó lentamente, cautelosa, e hizo su escape. El ladrón permaneció inmóvil, absorto en los eventos anteriores y en la sagrada voz de una víctima aleatoria.  Hurtar un bolso lo hacía ver inhábil, igualmente inútil. Era un ejército de un solo hombre, y a su vez, de nadie.

La más vieja de las luchas ocurría dentro de sí mismo. Regresó al día siguiente, y otros tres más; escondido entre columnas podría disfrutar de la armoniosa y diligente voz del rezo. Después de diecisiete plegarias, sintió que conocía a su víctima; podía saborearla con cada súplica. La voz era venenosa, un terrón de azúcar peligroso que se hacía tangible en las manos del ladrón; sentía el almíbar madrugador cuando intentaba recrearla en su bandurria. Sin embargo, cuando sus cuerdas mundanas intentaban recrear las de aquella mujer, la melodía carecía del encanto esencial.  Un bombillo se prendió dentro de él y con la más elemental de las convicciones, se aventuró en la infinidad de la noche.

Esta vez no dudó. El pesado cuerpo delincuente arremetió contra ella; instantáneamente se posaron sobre el frágil cuello los dedos victimizantes. Apretó cuanto pudo hasta poder suscitar un grito blanco de su víctima. Al terminar, empujó el cuerpo inservible y se llevó la voz en sus manos mientras la arrullaba como a un infante, celándola del nefasto orbe.

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días de ausencia férrea, letargo y silencio. Conmemoró el intento fallido de aquella noche, cuando había querido ahogar la voz en un respiro desesperado; su intención era consumar el robo maldito. El ladrón sufrió un impacto del entendimiento y tomó la bandurria una vez más.

Esa noche la convirtió en el fondo, en el centro, en la fachada de su existencia. La música era su mujer; la voz no fue más que una musa en potencia, disfrazada de víctima. El ladrón, ahora, se creía acreedor del misterio y poseedor del único compromiso verdadero al que tantos hombres se hubiesen entregado siglos atrás. Tomó el reloj de arena y violentamente lo puso de cabeza: ahora él construiría su propio tiempo.



El fuego compacto



Hace dos años probé el cigarrillo. El humo, a pesar de ser reconfortante, se fue por el camino viejo, como dicen porai. Me ahogué. Pero como soy un ser humano y apelo al absurdo, no me rendí, seguí con mi terquedad y volví a reclamar el aliento que enciende el fuego del yesquero. Estabas a mi lado, te burlaste de mi torpeza y reclamabas quiescencia. No te iba a conceder un carajo. Lo volví a intentar y me ahogué; quizás repetí la acción tres o cuatro veces. 

Cuando era un niño, creía que “fuego lento” se refería a cigarro, yo vi en el cilindro la muerte de las llamas. Para mí tenía sentido. Cuando fumaba, me estaba tragando el fuego y tenía sentido. Yo exhalaba la muerte de una flama, una última voluntad expirada. No aguanté tus carcajadas y desistí de mi empeño. Ya la cabeza me dolía de tan solo pensar que quienes fuman asesinan, ex profeso, las pasiones.

Hoy me despedí de ti y me entraron unas ganas terribles de fumar.

lunes, 17 de octubre de 2011

Carta del lunes


Dos días. Te doy dos días para que regreses y comiences a hablarme del romancero, de Massiani, de las calles y sus respectivos agujeros. Dos días. Te permito quitarme las metáforas y despojarme de los adornos si en dos días vuelves.  Si aparecieras con inflorescencias y me informaras que ya no amanece sin mí, si llegaras con un cachorro retriever de familias perfectas constituidas en desengaño y traes tus herramientas machistas para construir una cerca albina; ojalá nos separe del mundano concepto amoroso que manejan los demás. Dos días. Tienes dos días sin segundos ni minutos, para hacerme saber que dejaste de notar el paso del tiempo y su latente acoso porque no estoy a tu lado. Dos días. Te burlarías, escribirías sátiras y revolucionarías el universo si pudieras, si vendieras la única idea válida sobre nosotros. Dos días. Cuarenta y ocho horas que te valen una mierda, porque en dos días ya es miércoles y despegarás al viejo mundo, ajeno a nuestra existencia. Dos días. 172800 segundos harán falta para resignarme y apartarme, mientras me tomará una vida entera arrancarme tu recuerdo.

Orión

A Venezuela:

Miró una vez más hacia el cielo, resignado. Sabía que no lo vería y aun así conservaba el último aliento, quizás dejando al guardián de la noche protegiendo a su amada. No se atrevía a exhalar, no podría abandonarla. Al otro lado del mundo yacía su cuerpo desnudo, enredado entre sábanas, seduciendo las miradas ajenas del ventanal. Tiernos rasguños buscaban su cuerpo, se hallaba enredada entre tanta ausencia. Su soledad se había hecho hogar y ya no podía localizar las salidas. Tenía la garganta hecha pedazos, se ataba lazos al torso y a la nuca para sobrevivir al ahogo de su desamor, para pronunciar los llamados que terminaban en intentos fallidos. La de los ojos diáfanos se había entregado a la libertad del solitario, volaba en pasiones de otros y se otorgaba a la noche. Por su parte, no podía verla. La noche la envolvía como hacía con los pájaros y el encuentro se hacía imposible. Los cuerpos eran territorios que distaban demasiado de otros, las fronteras eran la línea sabia entre el querer y el estar.

Extrañaban ver en los ojos del otro la advertencia, el dulce tormento de la ruptura, el aviso del tiempo limitado; tendían a aferrarse nerviosamente a los momentos cuantificados. Lo más curioso era el descubrimiento, la terrible conclusión de que los recuerdos nunca lo olvidan a uno.  Se regalaban las ansias y las ganas, se intercambiaban los mordiscos ausentes, veían las manos repetidas en otros; finalmente entendiendo que estaban marcados de por vida. Sus besos, como el tatuaje perdurable, ni los roces más diligentes podrían borrar el impacto de los labios honestos sobre la piel.

Sumergido en las aguas profundas del pensamiento, no notó que la existencia se deslizaba entre sus dedos; se había hecho una costumbre procrastinar la despedida. Perdido, había desperdiciado el tiempo y ya no podría pronunciar el adiós inminente que solicitaba la distancia. Entendió, entonces, que el silencio siempre dirá más que todos los poemarios y epistolares del cosmos, siendo el más tácito de los regalos entre amantes que, como él, aprendieron a querer la pérdida y atesorarla como a las más eternas de las muertes.

Carta de amor contemporánea

Un loco cincuentón se había enamorado de su ex esposa y la ciudad de Valencia estaba teñida de amores antiguos. Las alcantarillas humeaban y conspiraban con el viento, el perfume de tu cabello tocó mis dedos y no conoció la despedida. Usualmente no soy cobarde, tiendo a mirar a los ojos para ver el alma pero era de noche y tenía que mirar tus labios; se rozaban  para dejar escapar la melodía de tu voz, esa condena de discurso que terminó en mí. La palabra era la flecha certera para un músculo gastado, cansado de latir.

Me ofreciste la mitad de una naranja, pero mis manos solo habían presenciado la destrucción y tuve miedo de arruinar tu sorpresa. Si tomaba la fruta, se iba a podrir y yo terminaría como el domador de la nada, amo de la pérdida. Quise tener un Toronto en el bolsillo, porque en todo cliché había un pedacito de verdad. Solo cargaba un bolígrafo que en horas anteriores había manchado el pantalón, de todas formas no te importó si no estaba a la moda porque tú solo discutías la relatividad del tiempo y la existencia. Decías que querías carros voladores, el final de las revoluciones ficticias y las promesas del producto de una raza noble.

Con el tiempo comencé a canonizarte, te mitifiqué a mi gusto y construí a la pareja perfecta porque esa es la costumbre. La alcaldía comenzó a tapar los huecos de la calle, mi vecina chismosa arregló los postes de luz tras años de disputas y la ciudad estaba en fuego, brillando para ti. Parecía que todas las calles del centro iban en subida, tratando de alcanzar el cielo. Tarareaba vallenatos en las camioneticas y me burlaba de la bachata matutina en el bus, incluso saltaba en vez de caminar, llegué a ver magia en los charcos de aguas negras; vergonzoso es admitir que intenté fotografiarte junto a los muros coloniales, desechos por los estragos del tiempo y el descuido.  En las tardes yo solo trazaba tu risa en el aire, aquella que escuché la segunda vez que hablamos por un teléfono público y te juro que se había convertido en cabina pintada de amor, ambos estábamos en las calles fantasiosas del viejo mundo, aquel continente inalcanzable para los dos.

Extraño los días apocalípticos, el hedonismo griego que se apoderó de la sociedad una vez más, las fechas estafadoras; la gente vivía como si los iban a matar en la esquina. Por suerte, yo vivía en una manzana, era una circunferencia indestructible. O así se sentía la invencibilidad que me otorgaba tu aprecio.

Tengo que confesar que no he vuelto a tu tumba, porque me cansé de llevarte flores que nunca te gustaron. Hoy te cuento que los carteles eran parte de una campaña política y el veintiuno de Diciembre nadie murió. La evolución sigue retrocediendo, sé que estarías en el estado de decepción en el que yo me encuentro. Todas las compañías gringas se han ido, ya que hay una nueva moda (aunque sé que jamás te ha importado): bellum omnes contra omnes.

Ya han matado a todos los que frecuentábamos, se esfumaron con la pólvora de un ideal autodestructivo. Lamento traerte malas noticias de esta manera, pero no encontré otra. La vieja chismosa falleció también y las calles ahora son de tierra. Valencia ya no brilla, en el centro nadie camina, los árabes dejaron de vender electrodomésticos y las frutas secas que se adueñaron de nuestras meriendas. Creo que me cansé de esperar por ti, ya mis suicidios románticos han mutado en verdades absolutas.

Me mataron ayer y todavía no te he visto. Te busqué en la calle Olvido y la oscuridad me asustó un poquito. Estoy perdiendo la esperanza, no quiero ser de esos espantos llaneros. Amor, tengo mucha paciencia pero debes considerar que la historia enseña y se esconde en libros… Si Venezuela fuera una gran estirpe, nunca tendríamos la oportunidad de conocernos una vez más.

Naturaleza muerta

La tierra crujía bajo sus extremidades, se liberaba una vez más de la condena otorgada por el supuesto destino bajo el secreto de la eterna luna.  Sentía cada una de sus células respirar y quemar cada molécula, su cuerpo estaba en llamas nuevamente. Muriendo de amor, sentía su vida deslizarse por los capilares desgastados que nunca podrían ser interpretados como venas, el discurso fallido lo paralizaba en su sitio cientos de veces. Podía moverse, podía gritar, podía llorar y protegerla, pero no le alcanzaban las agallas para desplazarse y alcanzarla.

Se asomaba todas las noches por su ventana, la vitalidad del equinoccio lo hacía sucumbir ante sus encantos en el momento que sus verdes ojos rozaban la ventana y un rasguño accidental lograba despertarla como había hecho tantas veces. Ser torpe era parte de su naturaleza, y cómo iba a negarla si definía por completo una relación como aquella. Sin embargo, el refugio de tantas soledades no sabía expresar el amor, no sabía columpiar una amargura, no sabía elegir entre la catástrofe o la calma; en su desesperación, anhelaba ambas.

Tendía a morir, como lo hacían cientos de amantes al despertar y mirar a su lado la nada de las desventuras. Pero el sol comenzaba a quemar sus sienes, acosando su piel morena, inevitablemente forzando otro ciclo de su vida, obligándolo a trabajar para seres indiferentes. Nadie podía comprender el dolor de su servidor, de una vida cargada de cobardía, tragedias, sombras, maltrato y el abandono de una familia mutilada por los estragos de la evolución.

La luz del mediodía anunciaba la bienvenida, el sacrificio de todos los meses. Era más de lo que podía aguantar su inmóvil cuerpo, su inmutable alma. Suspiró al viento, resignado, y renunció al abrazo eterno de un pobre árbol que acogería a todas las que jamás serían ella. 

sábado, 12 de febrero de 2011

Cacotanasia

Mordía el lápiz con sed de justicia, masticando el borrador despiadadamente como si se tratara de la vida misma, quería acabar con la falsa creencia de que los errores pueden desaparecer. Murmuraba constantemente, convenciéndose de lo equivocado y pensando que jamás le enseñaría tal cosa a sus querubines ficticios. Besó el cigarro de nuevo y aspiró el rechazo, finalmente decidiendo estrellar el vicio contra la antigüedad de una mesa mientras expiraba el último aliento de la única cosa que parecía quererla. Decidió entonces apuñalar su mano para asesinar a la creación misma, su obra maestra se hallaba en la punta del lapicero, de esos que nunca se equivocan y siguen a la convicción propia. 

Tomó la hoja en blanco y rápidamente cortó los dedos que alguna vez trazaron literatura sobre el pecho imaginario. Jugó con la prosa y cantó con la lírica, escribió centenares de epístolas  sin destino, acostumbrándose una vez más a ser la ceniza abandonada. Había sido desechada por todos y dormía para dejar de sentir, ya no servía para aquello. Devoró las uñas que tendían a magullar a los amantes, el recuerdo más amargo le advertía todo el tiempo que aferrarse a una espalda no la harían conquistar nada, ya no tenía reino. Las paredes le susurraban, el grafito incrustado estaba harto de su esencia y la mesa tambaleaba lejos, recorriendo las distancias más largas del mundo justo ahora más que nunca. Abrió un libro, drogándose lentamente con poesía y versos ajenos, adueñándose de las estrofas a la fuerza: las sílabas métricas tendían a huir para negarle amores pasajeros.

Por más que intentaba desaparecer, los sueños le resultaban esquivos.  Con frecuencia moría entre  párrafos, tratando de acoplar palabras estéticas para salvarse la vida. Hoy la palabra era una extraña y ella era un mero intruso en el mundo caníbal de las letras. Tomó el lapicero para escribirse, inventarse, terminarse, sentirse,  crearse, vivirse y matarse como si fuera la primera vez. Cavó en su pecho los discursos inconclusos, entregándose al acto final de su obra maestra.

Este cuento es dedicado a mi locura, me está fastidiando bastante últimamente.

lunes, 31 de enero de 2011

Hoy sale escribir que no sale nada

Tomó la pluma y apuñaló ferozmente la poesía abandonada, aquella hoja en blanco que nadie quiso convertir en literatura. Ella no vino a plasmarse, él tampoco tenía ganas de reinventarla y terminó siendo un convenio de ruptura. Tenía tantas cosas que decir y terminó comprendiendo que jamás pronunciaría lo que su corazón dictaba; no era una cuestión literaria, simplemente una epifanía científica. El cerebro procesaba el lenguaje y en asuntos del corazón, la cabeza nunca es bienvenida. Tragó aire y ahogó la media vuelta que tendía a dar, no miró de nuevo la hoja en blanco y cerró sus ojos para irse al supermercado o algún sitio que solicitara palabras, así sacándosela del alma por siempre.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ama et quod vis fac

Un bostezo taciturno logró fulminar la ligereza que mantenía su vigilia y por fin se sentía completamente despierto. Lúgubre se veía el paisaje de su habitación, su cuerpo finalmente erguido hacía crujir la madera bajo sus pies, sus pasos se hacían consecuentes mientras buscaba a tientas su presa en la habitación contigua y en algún lugar estaría esperando el alma de su posesión temporal, a veces era más que eso. Para ella, el amor había dejado rastros por todas las paredes, una condena eterna que la mantendría en su lugar por siempre; junto al muro yacía su cuerpo desnudo. Sendas muñecas habrían tenido apariencia juguetona alguna vez, justo antes de ser partícipes de los estragos del óxido, las ataduras evolucionaban en tortura y todos los instantes se volvían eternos. Suspiros flotaban tétricos, ninguno de ellos pudo discernir si realmente se trataba de amor.

En el momento que su mirada tocó la de ella, cuatro lanzas anunciaron que era el final y se sabría más adelante que había sido un acuerdo mutuo. Ambos pies descalzos tocaban su sombra y la muerte pasó saludando cada una de las caras familiares entre ellos. De tantos amigos que poseía, arribó el pánico y ahogándose de risa la envolvían en el abismo del terror. Sin titubear, volcó su cuerpo desnudo para poder ver su rostro y las manos violentas partieron las piernas gélidas. Un gemido sordo se apoderó de su mente y sólo lograba perturbarlo más; incitaba, invitaba, no había lugar para vacilaciones. La repulsión que sentía por el cuerpo magullado la hacía irresistible, había sido suya tantas veces. La ropa propia iba cayendo con gentileza, debía permanecer intacto, él era la pureza y ella sólo recibía la mejor parte de su dios. Al empezar, sus manos volaron a su cara y un bofetón nuevo no traía nada distinto a su relación. Se aferró a sus caderas firmemente, apenas la sentía presente en las efímeras representaciones de su cariño; cada vez que arremetía contra ella, sentía su cuerpo temblar, conociéndola sabía que podía aguantarlo.

Su voz se hallaba escondida entre gritos absurdos, sabía que su desnudez por primera vez no era natural y después de expresarse, ella misma sentía que ya no le pertenecía al hombre que juró amar. Su condición de vestal la iba recuperando poco a poco, para él cada vez se tornaba más inalcanzable. La mujer que alguna vez fue la quimera del amor, se iba desvirtuando ante sus ojos y gradualmente se borraba la sonrisa del ahora atacante, el impacto catastrófico se topaba con el cuerpo virginal de su amada. Negando el arrebato de su inocencia, encontró la despedida y nunca supo realmente de donde partía la premisa del amor, justicia nunca mandó en una relación como aquella. Abandonó la habitación al reconocer que ya nada quedaba de aquella mujer que en algún tiempo fue suya y al volverse, sólo una tela negra azabache recubría la madera del suelo que presenció la gloria de tantos tiempos, todo había terminado. Permaneció intacta, hasta que se escuchó el último aliento expirado por una mujer que prometió amar hasta la muerte, no importaba si el hallazgo de la misma había sido tempestuoso.

 Titulado "Ama y haz lo que quieras" originalmente.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Raíz de Amor

Un rasguño extenuado se aferraba a los viejos bloques de Gracia, dejando por sentado los inservibles y furiosos nudillos que constantemente impactaban contra el frío cemento; incluso llegó a pensar que raspando la mugre encontraría el  alma de la mujer perdida entre suspiros. La búsqueda se había hecho eterna con el paso del tiempo, el cuero humedecido bajo el pantalón poseía la conquista en vano y la penúltima evidencia de una sonrisa que se había desvanecido hace veinticinco años y catorce días exactamente. Escondido entre sollozos había regresado a buscarla, aquel lugar donde juró haberla visto por última vez; sus rastros se hallaban en el recuerdo, y como condena para prisionero de sus encantos, no quiso volver a la celda. Su aliento helado ahogaba las palabras, su voz lo esquivaba y sus ojos se negaban a mirar lo que ya no estaba. Así, Fernando Villalobos se buscaba a sí mismo entre tantos, a pesar de saber que para encontrarse debía hallarla. Jamás llegó a pensar que ambos habían sido cómplices de la mentira, que sus juegos de amor se limitaban al cadáver exquisito de sus cuadernos y al trazo efímero que dibujó sobre su  cuello con la lengua propia.
Delicadamente, sacó la fotografía del bolsillo y posó sus labios sobre el inmortalizado rostro, besando a la soledad.  Sus pestañas marcaron los pasos del amor en el suelo y siguió con las yemas aquel trayecto nunca transitado por su amada. De a ratos podía observarla en el azúcar de una mordida de labio y presenciar el filo de sus lágrimas permanentes sobre su rostro, una a una, resonando sobre su garganta; finalmente deslizándose hacia el corazón metafísico. Daniela era una lágrima perdida, de esas que frecuentemente se refugian en el cabello para no verlas jamás.
Pasaron los días y Fernando Villalobos se limitaba a llorarla en la ducha, como siempre, los puñales torturaban su espalda magullada cuando se atrevía a reposar la frente sobre la cerámica: estaba cansado de amarla tanto. Decidió entonces subir escaleras paradójicas hasta la azotea donde la soñó por tercera vez, expirando pensamientos dolorosos y permitiendo que volaran con el aire, finalmente alcanzando su destino.  Trajo a sus manos la foto nuevamente y  dudando miró por primera vez a una Daniela de 7 años que no volvería jamás. De esta manera, soltó a su amada, dejándola libre para que le susurrara picardías a las estrellas; ya no le importaba ser el guardián de sus falsas reconquistas. Cualquier buen hombre sabe que para una mujer como ella, enamorarse cientos de veces de la misma persona, siendo un siglo de Fernandos distintos, podía matar a cualquiera.

Para María Gabriela Vielma, un verdadero ídolo de pasiones.
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Nosotros (los hijos bastardos de Bolívar)

domingo, 13 de abril de 2014 · 1 comentarios



Plac. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Ocho. Plac.
 
            Él recordaba como el sol quemaba sus sienes. Hacía calor. Derrochaba sol, brotaban grotescas lágrimas de su piel. Hace algunos años inventaron la ceguera, imagino que en un día de calor como este. Él usaba el casco y el orbe se distorsionaba, justo después de un comando. Plac. Llegaron gritando,  acusándoles de traidores, los hijos bastardos de Bolívar. Frunció el ceño, tratando de recordar al padre que nunca conoció, un rostro ajeno a él en el cual buscaba mirarse con compasión en los ojos. Y nada más.

Los han diseñado indestructibles contra todo menos la inmolación del espíritu. Debajo del chaleco se incinera su voluntad. Plac. Ella se acerca. Vocifera himnos de gloria. Ella sostiene una rosa entre sus manos y se la ofrece a su impotencia. Ha cortado todas las espinas del tallo para no herirlo. Para no herirse. Ella proclama unión aunque lo mira con lástima porque sabe que no puede verla. Un día como hoy inventaron la ceguera y sé que hacía calor. Habían avanzado demasiado y ya no podía permitirlo, aunque su cuerpo anhelaba descubrir la risa de su sangre.

Tuvo que retenerla. Ella insistía, todos insistían. Arremetió su cuerpo contra ella y escuchó la irregularidad de su diafragma, el aliento robado. Se preguntó cuál será su color favorito. Se preguntó si ella, también, despierta algunos días odiando todo. Se preguntó si no puede dejar de cantar una vez que escucha cualquier melodía. Se preguntó si odia que le tomen fotos, si se esconde de la cámara, tierna y juguetona. No importaría, ya inmortalizó su sonrisa en un recuerdo. Aún se cuestionaba, quería saber si llora cada vez que se siente sola ante el espejo o si dobla las esquinas en sus libros e incluso si se atreve a blasfemarlos con un subrayado de lápiz, cuando la conmueve alguna organización perfecta de palabras. Plac.  

“Tú no te puedes enamorar porque la revolución no ama”. Meditó por varios segundos mis palabras y retomó el ritmo. Sé que intentaba sacudirse la ceguera y remplazarla por una mucho más peligrosa. Hacía calor.  El amor es siempre pobre y con recursos. Él también tenía hambre, todos teníamos hambre; no podíamos decir nada. Plac. Ella está en el suelo. La rosa yacía a cortos metros de él y la voz de su madre reprimiéndolo resonaba en sus oídos. Cada puñetazo le borraba la esperanza de la cara. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Plac. Ocho. No advirtió que estaba llorando. Desvié mi mirada para no incomodarlo. El soldado interrumpía cada sollozo con súplicas de perdón. Ella se retorcía debajo de sus piernas pero no hacía mayor intento de escapar. Aguantaba, orgullosa, se sentía libre.  No estaba ciega. Ocho nudillos, tenues pinceles que dibujaban con tinta morada el lienzo de su rostro. Plac. Plac. Plac. Era suficiente.

Superficies emergentes

miércoles, 3 de octubre de 2012 · 0 comentarios


A Massimo

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días ausencia férrea, letargo y silencio. La mirada del ladrón era incapaz de abandonar la mesa tambaleante; su única pata declamaba orgullo con cada crepúsculo transeúnte.  El ladrón pensaba en la mujer. No se trataba de escribirla, quería develarla al tocarla, y quizás más tarde lograr materializarla en una onda pícara que se infiltrara en su tren de pensamiento.  Encima de la mesa, estaba el recordatorio infernal: un antiguo reloj cuyos soldados de arena alguna vez se hicieron pasar por caballeros, que en su demencia, se enfrentaron a unos molinos de viento.  Uno a uno, los soldados iban cayendo en la fosa eterna, aludiendo al torpe sacrificio.

No era una cuestión de honor en espacios oníricos. Esto le ocurría a quienes intentaban burlar el orden, su propia naturaleza. Tenía un andamio simpático y un carisma arcaico; no era inusual la recepción de miradas patidifusas. El ladrón no poseía condiciones superfluas, ni representaba al enamoramiento pasajero, se había comprometido de por vida con ella. Así, decidió visitar los recuerdos de aquella noche: el cese de los puñales acuosos finalmente le dio la bienvenida a la época decembrina. Ensimismado, se percató de su sentenciada desolación; la consciencia de un ladrón no podía soportar una compañía que fuese aún más foránea que la suya.

 El suelo, bajo el tenue farol, se vislumbraba lúgubre; una sola víctima meditaba en el centro de la plaza mayor. Hacía frío. Una cúpula ajena al modelo generacional cubría sus cabezas, y el ladrón percibió el delgado escalofrío que atacó los finos vellos del cuello distante. La mujer no giró su cabeza, se negó a reconocer su intromisión. Cuando el ladrón avanzó, inmediatamente se supo atrapado; era la silente amenaza de una entrega sin conflagración. Iba a tomar el bolso cuando una mano lo detuvo, entrelazando sus dedos. La víctima pronunció un consentimiento angelical y levantó la tira sobre su cabeza, despojándose de ella. Para él, había dejado de ser suficiente. Quería más, después de atender con deleite a los vocablos de su víctima, no podía arrancárselos del recuerdo. La mujer entregó todas sus posesiones y un hasta luego. Se levantó lentamente, cautelosa, e hizo su escape. El ladrón permaneció inmóvil, absorto en los eventos anteriores y en la sagrada voz de una víctima aleatoria.  Hurtar un bolso lo hacía ver inhábil, igualmente inútil. Era un ejército de un solo hombre, y a su vez, de nadie.

La más vieja de las luchas ocurría dentro de sí mismo. Regresó al día siguiente, y otros tres más; escondido entre columnas podría disfrutar de la armoniosa y diligente voz del rezo. Después de diecisiete plegarias, sintió que conocía a su víctima; podía saborearla con cada súplica. La voz era venenosa, un terrón de azúcar peligroso que se hacía tangible en las manos del ladrón; sentía el almíbar madrugador cuando intentaba recrearla en su bandurria. Sin embargo, cuando sus cuerdas mundanas intentaban recrear las de aquella mujer, la melodía carecía del encanto esencial.  Un bombillo se prendió dentro de él y con la más elemental de las convicciones, se aventuró en la infinidad de la noche.

Esta vez no dudó. El pesado cuerpo delincuente arremetió contra ella; instantáneamente se posaron sobre el frágil cuello los dedos victimizantes. Apretó cuanto pudo hasta poder suscitar un grito blanco de su víctima. Al terminar, empujó el cuerpo inservible y se llevó la voz en sus manos mientras la arrullaba como a un infante, celándola del nefasto orbe.

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días de ausencia férrea, letargo y silencio. Conmemoró el intento fallido de aquella noche, cuando había querido ahogar la voz en un respiro desesperado; su intención era consumar el robo maldito. El ladrón sufrió un impacto del entendimiento y tomó la bandurria una vez más.

Esa noche la convirtió en el fondo, en el centro, en la fachada de su existencia. La música era su mujer; la voz no fue más que una musa en potencia, disfrazada de víctima. El ladrón, ahora, se creía acreedor del misterio y poseedor del único compromiso verdadero al que tantos hombres se hubiesen entregado siglos atrás. Tomó el reloj de arena y violentamente lo puso de cabeza: ahora él construiría su propio tiempo.



El fuego compacto

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Hace dos años probé el cigarrillo. El humo, a pesar de ser reconfortante, se fue por el camino viejo, como dicen porai. Me ahogué. Pero como soy un ser humano y apelo al absurdo, no me rendí, seguí con mi terquedad y volví a reclamar el aliento que enciende el fuego del yesquero. Estabas a mi lado, te burlaste de mi torpeza y reclamabas quiescencia. No te iba a conceder un carajo. Lo volví a intentar y me ahogué; quizás repetí la acción tres o cuatro veces. 

Cuando era un niño, creía que “fuego lento” se refería a cigarro, yo vi en el cilindro la muerte de las llamas. Para mí tenía sentido. Cuando fumaba, me estaba tragando el fuego y tenía sentido. Yo exhalaba la muerte de una flama, una última voluntad expirada. No aguanté tus carcajadas y desistí de mi empeño. Ya la cabeza me dolía de tan solo pensar que quienes fuman asesinan, ex profeso, las pasiones.

Hoy me despedí de ti y me entraron unas ganas terribles de fumar.

Carta del lunes

lunes, 17 de octubre de 2011 · 0 comentarios


Dos días. Te doy dos días para que regreses y comiences a hablarme del romancero, de Massiani, de las calles y sus respectivos agujeros. Dos días. Te permito quitarme las metáforas y despojarme de los adornos si en dos días vuelves.  Si aparecieras con inflorescencias y me informaras que ya no amanece sin mí, si llegaras con un cachorro retriever de familias perfectas constituidas en desengaño y traes tus herramientas machistas para construir una cerca albina; ojalá nos separe del mundano concepto amoroso que manejan los demás. Dos días. Tienes dos días sin segundos ni minutos, para hacerme saber que dejaste de notar el paso del tiempo y su latente acoso porque no estoy a tu lado. Dos días. Te burlarías, escribirías sátiras y revolucionarías el universo si pudieras, si vendieras la única idea válida sobre nosotros. Dos días. Cuarenta y ocho horas que te valen una mierda, porque en dos días ya es miércoles y despegarás al viejo mundo, ajeno a nuestra existencia. Dos días. 172800 segundos harán falta para resignarme y apartarme, mientras me tomará una vida entera arrancarme tu recuerdo.

Orión

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A Venezuela:

Miró una vez más hacia el cielo, resignado. Sabía que no lo vería y aun así conservaba el último aliento, quizás dejando al guardián de la noche protegiendo a su amada. No se atrevía a exhalar, no podría abandonarla. Al otro lado del mundo yacía su cuerpo desnudo, enredado entre sábanas, seduciendo las miradas ajenas del ventanal. Tiernos rasguños buscaban su cuerpo, se hallaba enredada entre tanta ausencia. Su soledad se había hecho hogar y ya no podía localizar las salidas. Tenía la garganta hecha pedazos, se ataba lazos al torso y a la nuca para sobrevivir al ahogo de su desamor, para pronunciar los llamados que terminaban en intentos fallidos. La de los ojos diáfanos se había entregado a la libertad del solitario, volaba en pasiones de otros y se otorgaba a la noche. Por su parte, no podía verla. La noche la envolvía como hacía con los pájaros y el encuentro se hacía imposible. Los cuerpos eran territorios que distaban demasiado de otros, las fronteras eran la línea sabia entre el querer y el estar.

Extrañaban ver en los ojos del otro la advertencia, el dulce tormento de la ruptura, el aviso del tiempo limitado; tendían a aferrarse nerviosamente a los momentos cuantificados. Lo más curioso era el descubrimiento, la terrible conclusión de que los recuerdos nunca lo olvidan a uno.  Se regalaban las ansias y las ganas, se intercambiaban los mordiscos ausentes, veían las manos repetidas en otros; finalmente entendiendo que estaban marcados de por vida. Sus besos, como el tatuaje perdurable, ni los roces más diligentes podrían borrar el impacto de los labios honestos sobre la piel.

Sumergido en las aguas profundas del pensamiento, no notó que la existencia se deslizaba entre sus dedos; se había hecho una costumbre procrastinar la despedida. Perdido, había desperdiciado el tiempo y ya no podría pronunciar el adiós inminente que solicitaba la distancia. Entendió, entonces, que el silencio siempre dirá más que todos los poemarios y epistolares del cosmos, siendo el más tácito de los regalos entre amantes que, como él, aprendieron a querer la pérdida y atesorarla como a las más eternas de las muertes.

Carta de amor contemporánea

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Un loco cincuentón se había enamorado de su ex esposa y la ciudad de Valencia estaba teñida de amores antiguos. Las alcantarillas humeaban y conspiraban con el viento, el perfume de tu cabello tocó mis dedos y no conoció la despedida. Usualmente no soy cobarde, tiendo a mirar a los ojos para ver el alma pero era de noche y tenía que mirar tus labios; se rozaban  para dejar escapar la melodía de tu voz, esa condena de discurso que terminó en mí. La palabra era la flecha certera para un músculo gastado, cansado de latir.

Me ofreciste la mitad de una naranja, pero mis manos solo habían presenciado la destrucción y tuve miedo de arruinar tu sorpresa. Si tomaba la fruta, se iba a podrir y yo terminaría como el domador de la nada, amo de la pérdida. Quise tener un Toronto en el bolsillo, porque en todo cliché había un pedacito de verdad. Solo cargaba un bolígrafo que en horas anteriores había manchado el pantalón, de todas formas no te importó si no estaba a la moda porque tú solo discutías la relatividad del tiempo y la existencia. Decías que querías carros voladores, el final de las revoluciones ficticias y las promesas del producto de una raza noble.

Con el tiempo comencé a canonizarte, te mitifiqué a mi gusto y construí a la pareja perfecta porque esa es la costumbre. La alcaldía comenzó a tapar los huecos de la calle, mi vecina chismosa arregló los postes de luz tras años de disputas y la ciudad estaba en fuego, brillando para ti. Parecía que todas las calles del centro iban en subida, tratando de alcanzar el cielo. Tarareaba vallenatos en las camioneticas y me burlaba de la bachata matutina en el bus, incluso saltaba en vez de caminar, llegué a ver magia en los charcos de aguas negras; vergonzoso es admitir que intenté fotografiarte junto a los muros coloniales, desechos por los estragos del tiempo y el descuido.  En las tardes yo solo trazaba tu risa en el aire, aquella que escuché la segunda vez que hablamos por un teléfono público y te juro que se había convertido en cabina pintada de amor, ambos estábamos en las calles fantasiosas del viejo mundo, aquel continente inalcanzable para los dos.

Extraño los días apocalípticos, el hedonismo griego que se apoderó de la sociedad una vez más, las fechas estafadoras; la gente vivía como si los iban a matar en la esquina. Por suerte, yo vivía en una manzana, era una circunferencia indestructible. O así se sentía la invencibilidad que me otorgaba tu aprecio.

Tengo que confesar que no he vuelto a tu tumba, porque me cansé de llevarte flores que nunca te gustaron. Hoy te cuento que los carteles eran parte de una campaña política y el veintiuno de Diciembre nadie murió. La evolución sigue retrocediendo, sé que estarías en el estado de decepción en el que yo me encuentro. Todas las compañías gringas se han ido, ya que hay una nueva moda (aunque sé que jamás te ha importado): bellum omnes contra omnes.

Ya han matado a todos los que frecuentábamos, se esfumaron con la pólvora de un ideal autodestructivo. Lamento traerte malas noticias de esta manera, pero no encontré otra. La vieja chismosa falleció también y las calles ahora son de tierra. Valencia ya no brilla, en el centro nadie camina, los árabes dejaron de vender electrodomésticos y las frutas secas que se adueñaron de nuestras meriendas. Creo que me cansé de esperar por ti, ya mis suicidios románticos han mutado en verdades absolutas.

Me mataron ayer y todavía no te he visto. Te busqué en la calle Olvido y la oscuridad me asustó un poquito. Estoy perdiendo la esperanza, no quiero ser de esos espantos llaneros. Amor, tengo mucha paciencia pero debes considerar que la historia enseña y se esconde en libros… Si Venezuela fuera una gran estirpe, nunca tendríamos la oportunidad de conocernos una vez más.

Naturaleza muerta

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La tierra crujía bajo sus extremidades, se liberaba una vez más de la condena otorgada por el supuesto destino bajo el secreto de la eterna luna.  Sentía cada una de sus células respirar y quemar cada molécula, su cuerpo estaba en llamas nuevamente. Muriendo de amor, sentía su vida deslizarse por los capilares desgastados que nunca podrían ser interpretados como venas, el discurso fallido lo paralizaba en su sitio cientos de veces. Podía moverse, podía gritar, podía llorar y protegerla, pero no le alcanzaban las agallas para desplazarse y alcanzarla.

Se asomaba todas las noches por su ventana, la vitalidad del equinoccio lo hacía sucumbir ante sus encantos en el momento que sus verdes ojos rozaban la ventana y un rasguño accidental lograba despertarla como había hecho tantas veces. Ser torpe era parte de su naturaleza, y cómo iba a negarla si definía por completo una relación como aquella. Sin embargo, el refugio de tantas soledades no sabía expresar el amor, no sabía columpiar una amargura, no sabía elegir entre la catástrofe o la calma; en su desesperación, anhelaba ambas.

Tendía a morir, como lo hacían cientos de amantes al despertar y mirar a su lado la nada de las desventuras. Pero el sol comenzaba a quemar sus sienes, acosando su piel morena, inevitablemente forzando otro ciclo de su vida, obligándolo a trabajar para seres indiferentes. Nadie podía comprender el dolor de su servidor, de una vida cargada de cobardía, tragedias, sombras, maltrato y el abandono de una familia mutilada por los estragos de la evolución.

La luz del mediodía anunciaba la bienvenida, el sacrificio de todos los meses. Era más de lo que podía aguantar su inmóvil cuerpo, su inmutable alma. Suspiró al viento, resignado, y renunció al abrazo eterno de un pobre árbol que acogería a todas las que jamás serían ella. 

Cacotanasia

sábado, 12 de febrero de 2011 · 1 comentarios

Mordía el lápiz con sed de justicia, masticando el borrador despiadadamente como si se tratara de la vida misma, quería acabar con la falsa creencia de que los errores pueden desaparecer. Murmuraba constantemente, convenciéndose de lo equivocado y pensando que jamás le enseñaría tal cosa a sus querubines ficticios. Besó el cigarro de nuevo y aspiró el rechazo, finalmente decidiendo estrellar el vicio contra la antigüedad de una mesa mientras expiraba el último aliento de la única cosa que parecía quererla. Decidió entonces apuñalar su mano para asesinar a la creación misma, su obra maestra se hallaba en la punta del lapicero, de esos que nunca se equivocan y siguen a la convicción propia. 

Tomó la hoja en blanco y rápidamente cortó los dedos que alguna vez trazaron literatura sobre el pecho imaginario. Jugó con la prosa y cantó con la lírica, escribió centenares de epístolas  sin destino, acostumbrándose una vez más a ser la ceniza abandonada. Había sido desechada por todos y dormía para dejar de sentir, ya no servía para aquello. Devoró las uñas que tendían a magullar a los amantes, el recuerdo más amargo le advertía todo el tiempo que aferrarse a una espalda no la harían conquistar nada, ya no tenía reino. Las paredes le susurraban, el grafito incrustado estaba harto de su esencia y la mesa tambaleaba lejos, recorriendo las distancias más largas del mundo justo ahora más que nunca. Abrió un libro, drogándose lentamente con poesía y versos ajenos, adueñándose de las estrofas a la fuerza: las sílabas métricas tendían a huir para negarle amores pasajeros.

Por más que intentaba desaparecer, los sueños le resultaban esquivos.  Con frecuencia moría entre  párrafos, tratando de acoplar palabras estéticas para salvarse la vida. Hoy la palabra era una extraña y ella era un mero intruso en el mundo caníbal de las letras. Tomó el lapicero para escribirse, inventarse, terminarse, sentirse,  crearse, vivirse y matarse como si fuera la primera vez. Cavó en su pecho los discursos inconclusos, entregándose al acto final de su obra maestra.

Este cuento es dedicado a mi locura, me está fastidiando bastante últimamente.

Hoy sale escribir que no sale nada

lunes, 31 de enero de 2011 · 0 comentarios

Tomó la pluma y apuñaló ferozmente la poesía abandonada, aquella hoja en blanco que nadie quiso convertir en literatura. Ella no vino a plasmarse, él tampoco tenía ganas de reinventarla y terminó siendo un convenio de ruptura. Tenía tantas cosas que decir y terminó comprendiendo que jamás pronunciaría lo que su corazón dictaba; no era una cuestión literaria, simplemente una epifanía científica. El cerebro procesaba el lenguaje y en asuntos del corazón, la cabeza nunca es bienvenida. Tragó aire y ahogó la media vuelta que tendía a dar, no miró de nuevo la hoja en blanco y cerró sus ojos para irse al supermercado o algún sitio que solicitara palabras, así sacándosela del alma por siempre.

Ama et quod vis fac

sábado, 18 de diciembre de 2010 · 0 comentarios

Un bostezo taciturno logró fulminar la ligereza que mantenía su vigilia y por fin se sentía completamente despierto. Lúgubre se veía el paisaje de su habitación, su cuerpo finalmente erguido hacía crujir la madera bajo sus pies, sus pasos se hacían consecuentes mientras buscaba a tientas su presa en la habitación contigua y en algún lugar estaría esperando el alma de su posesión temporal, a veces era más que eso. Para ella, el amor había dejado rastros por todas las paredes, una condena eterna que la mantendría en su lugar por siempre; junto al muro yacía su cuerpo desnudo. Sendas muñecas habrían tenido apariencia juguetona alguna vez, justo antes de ser partícipes de los estragos del óxido, las ataduras evolucionaban en tortura y todos los instantes se volvían eternos. Suspiros flotaban tétricos, ninguno de ellos pudo discernir si realmente se trataba de amor.

En el momento que su mirada tocó la de ella, cuatro lanzas anunciaron que era el final y se sabría más adelante que había sido un acuerdo mutuo. Ambos pies descalzos tocaban su sombra y la muerte pasó saludando cada una de las caras familiares entre ellos. De tantos amigos que poseía, arribó el pánico y ahogándose de risa la envolvían en el abismo del terror. Sin titubear, volcó su cuerpo desnudo para poder ver su rostro y las manos violentas partieron las piernas gélidas. Un gemido sordo se apoderó de su mente y sólo lograba perturbarlo más; incitaba, invitaba, no había lugar para vacilaciones. La repulsión que sentía por el cuerpo magullado la hacía irresistible, había sido suya tantas veces. La ropa propia iba cayendo con gentileza, debía permanecer intacto, él era la pureza y ella sólo recibía la mejor parte de su dios. Al empezar, sus manos volaron a su cara y un bofetón nuevo no traía nada distinto a su relación. Se aferró a sus caderas firmemente, apenas la sentía presente en las efímeras representaciones de su cariño; cada vez que arremetía contra ella, sentía su cuerpo temblar, conociéndola sabía que podía aguantarlo.

Su voz se hallaba escondida entre gritos absurdos, sabía que su desnudez por primera vez no era natural y después de expresarse, ella misma sentía que ya no le pertenecía al hombre que juró amar. Su condición de vestal la iba recuperando poco a poco, para él cada vez se tornaba más inalcanzable. La mujer que alguna vez fue la quimera del amor, se iba desvirtuando ante sus ojos y gradualmente se borraba la sonrisa del ahora atacante, el impacto catastrófico se topaba con el cuerpo virginal de su amada. Negando el arrebato de su inocencia, encontró la despedida y nunca supo realmente de donde partía la premisa del amor, justicia nunca mandó en una relación como aquella. Abandonó la habitación al reconocer que ya nada quedaba de aquella mujer que en algún tiempo fue suya y al volverse, sólo una tela negra azabache recubría la madera del suelo que presenció la gloria de tantos tiempos, todo había terminado. Permaneció intacta, hasta que se escuchó el último aliento expirado por una mujer que prometió amar hasta la muerte, no importaba si el hallazgo de la misma había sido tempestuoso.

 Titulado "Ama y haz lo que quieras" originalmente.

Raíz de Amor

domingo, 21 de noviembre de 2010 · 0 comentarios

Un rasguño extenuado se aferraba a los viejos bloques de Gracia, dejando por sentado los inservibles y furiosos nudillos que constantemente impactaban contra el frío cemento; incluso llegó a pensar que raspando la mugre encontraría el  alma de la mujer perdida entre suspiros. La búsqueda se había hecho eterna con el paso del tiempo, el cuero humedecido bajo el pantalón poseía la conquista en vano y la penúltima evidencia de una sonrisa que se había desvanecido hace veinticinco años y catorce días exactamente. Escondido entre sollozos había regresado a buscarla, aquel lugar donde juró haberla visto por última vez; sus rastros se hallaban en el recuerdo, y como condena para prisionero de sus encantos, no quiso volver a la celda. Su aliento helado ahogaba las palabras, su voz lo esquivaba y sus ojos se negaban a mirar lo que ya no estaba. Así, Fernando Villalobos se buscaba a sí mismo entre tantos, a pesar de saber que para encontrarse debía hallarla. Jamás llegó a pensar que ambos habían sido cómplices de la mentira, que sus juegos de amor se limitaban al cadáver exquisito de sus cuadernos y al trazo efímero que dibujó sobre su  cuello con la lengua propia.
Delicadamente, sacó la fotografía del bolsillo y posó sus labios sobre el inmortalizado rostro, besando a la soledad.  Sus pestañas marcaron los pasos del amor en el suelo y siguió con las yemas aquel trayecto nunca transitado por su amada. De a ratos podía observarla en el azúcar de una mordida de labio y presenciar el filo de sus lágrimas permanentes sobre su rostro, una a una, resonando sobre su garganta; finalmente deslizándose hacia el corazón metafísico. Daniela era una lágrima perdida, de esas que frecuentemente se refugian en el cabello para no verlas jamás.
Pasaron los días y Fernando Villalobos se limitaba a llorarla en la ducha, como siempre, los puñales torturaban su espalda magullada cuando se atrevía a reposar la frente sobre la cerámica: estaba cansado de amarla tanto. Decidió entonces subir escaleras paradójicas hasta la azotea donde la soñó por tercera vez, expirando pensamientos dolorosos y permitiendo que volaran con el aire, finalmente alcanzando su destino.  Trajo a sus manos la foto nuevamente y  dudando miró por primera vez a una Daniela de 7 años que no volvería jamás. De esta manera, soltó a su amada, dejándola libre para que le susurrara picardías a las estrellas; ya no le importaba ser el guardián de sus falsas reconquistas. Cualquier buen hombre sabe que para una mujer como ella, enamorarse cientos de veces de la misma persona, siendo un siglo de Fernandos distintos, podía matar a cualquiera.

Para María Gabriela Vielma, un verdadero ídolo de pasiones.