martes, 29 de abril de 2014

Prohibido ser humano

Tenía ganas de escribir un poquito en mi blog, sin ánimos literarios, porque hay días donde no tengo ganas de estética. Solo quiero conversar.  Hoy es uno de esos días donde despierto siendo caos, indescifrable e irreconocible. Me imagino a mí misma frente al abismo que nos separa y no me queda más remedio que gritar las reflexiones y tonterías que me cruzan la mente durante la jornada.

Estaba conversando con una compañera de clase en la universidad y me comentó que tenía examen de latín al día siguiente. A mí no me toca hasta el próximo semestre y por más curiosidad y ganas que tenga, he hecho pocos esfuerzos autodidactas. Entonces, se me ocurrió que yo era una completa inútil que jamás podría comunicarse en época romana. La conversación que tuvimos, el intercambio de dos o tres líneas, me indignó por el resto del día:

-Tengo examen de latín el miércoles. He estudiado pero estoy nerviosa.
-Yo no sé nada de latín, decirte que sé es mentirte. Me toca el próximo semestre.
-Sí, es difícil.
-¿Cómo se dice “hola”? ¿Cómo se dice “cómo estás”?
-La verdad es que ni idea.
-¿Y entonces? ¿No llevabas latín?
-Es que a nosotros nos enseñan a traducir.

En ese preciso momento,  el padre Zeus, el que amontona las nubes, el que lleva la égida o como ustedes quieran, hizo que un rayo penetrara la cafetería de la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica, encendiéndome, sin marcha atrás.

Comencé a pensar que Julio César debía sacarse los mocos y hacerlos una bolita. A Cleopatra le venía la menstruación y de seguro se quejaba del dolor. Simón Bolívar, Libertador de naciones, comía arepas. Pensemos que la arepa es un invento bastante viejo, nuestros ancestros aborígenes ya disfrutaban de su delicioso sabor antes de la llegada de los españoles. Recuerdo que “Bolívar en vivo”, la novela histórica de Francisco Herrera Luque, caracterizaba a Simón Bolívar como un hombre cercano. ¿Y quién dice que no?
Imagino que los romanos debían vocalizar que se estaban cagando, o que era tiempo de vaciar los contenidos de la bacinica a la calle.  Debían, segurito, tener una expresión graciosa para ello. O al menos los primeros romanos que no tenían los humos tan altos, e incluso los de la periferia en tiempos posteriores. Nos han vendido una idea distante de nuestros antepasados, los han deshumanizado para promover el respeto hacia su figura. Me perturba pensar que debería ser lo contrario. El tener condición humana y ser capaz de sobreponerse a ella para lograr algo maravilloso, un aporte para nuestra especie, es admirable. Sí, se distinguen entre los humanos, pero no dejan de serlo. Consideremos que nadie escribe –o no debería- como habla, ni viceversa. Por supuesto que Simón Bolívar era una hábil pluma, pero de seguro estuvo a punto de orinarse varias veces y lo chalequeaban por enano. Era más bajito que yo. Aunque en su pecho ardiera la convicción de la libertad, le íbamos a decir “¡Epa, chichón de piso!”.  Los textos nos han vendido una idea lejana de las personas que más admiramos. Incluso la relación humana con lo divino sigue esta tendencia, el respeto por la omnipotencia, aunque se supone que "está hecho a nuestra imagen y semejanza". Sé que si me hallara teniendo conversaciones con Dios, serían así: "Epale bróder, yo sé que estás ocupado, siendo Dios todopoderoso-omnisciente-mejor que Chuck Norris-más capaz que Daniel Craig en una película de James Bond, pero te necesito aqui un ratico para una cosita. Ayúdame ahí, jefe eterno. Mi felicidad ayuda al universo, mayol". Creo que entraríamos en confianza más rápido y tendríamos relaciones más cercanas si nos dispusiéramos a tener un poquito más de autoestima, aunque seamos una raza condenada y perjudicial para las demás.

Es paradójico. La literatura  inmortaliza una idea y, al mismo tiempo, la asesina en términos evolutivos. Quiero decir, en el momento que plasmamos una idea en papel, la misma deja de mutar. Está muerta. Muerta y viva para toda la eternidad. Esa idea es la que leeremos, aunque quince minutos después haya cambiado. No es secreto que hay expresiones dentro de nuestra cultura que están de moda o dejan de estarlo. ¿Cuánto nos estaremos perdiendo?

Esta visión de individuos solemnes y grandilocuentes está lejos de la realidad. Señores, nos han mentido. Julio César tuvo miedo. Simón Bolívar lloró por Manuela Sáenz. Los españoles habrán gemido de placer al probar la primera arepa.  Quizás lo que intento decir es: nosotros no somos ajenos a la grandeza. No debemos deshumanizarnos para tener éxito ni deshumanizar a otros para admirarlos. Podemos estar cerca de nosotros mismos, de nuestro refugio en la lengua, de nuestras simpáticas raíces. Se nos permite ser humanos. Se nos permite ser grandes. 



Aquí una canción de Dany Rivera porque a mi mamá le gusta. Y porque también los hombres de rabia lloran. O por cualquier cosa. Todos lloramos. Spoiler.

jueves, 17 de abril de 2014

Mi carta de despedida para el Gabo - Salida del laberinto

Generalmente, en todos los actos fúnebres como este, se designa una persona para que diga un discurso. Yo no vengo a decir un discurso. Vengo a honrarte como siento que te lo debo, vulgar y sincera, conmovida y seca de tanto llorar. Admito que te había escrito una carta muchísimo más larga, pero mi computadora sucumbió y la perdí. Quizás solo tú querías leerla, puro realismo mágico, hombre.

Me ha costado lidiar con esta noticia porque te estaré esperando el domingo. Estaré alerta, con la expectativa de tu resurrección y uno que otro chiste sobre el más allá. Confieso que tengo miedo, como tú lo tenías cuando debías hablar ante un público. Estoy llena de pánico, porque en numerosas noches solías elevarte hacia los cielos como Remedios la Bella y la imagen me infundía de terror. Hoy me enfrento contra los titulares ruidosos y no tengo más opción que creerles. Despedirse es terrible, no estoy acostumbrada, a pesar de distar de quienes amo. Sin embargo, he encontrado que el agradecimiento es una forma de lidiar con la tristeza. Y hoy me encuentro ante el pelotón de fusilamiento, sin recordar el hielo. Hoy recuerdo a una Andrea Sofía de 13 años que sostiene entre sus manos tu libro por primera vez. Y me despido de ella, porque nunca volvió a ser la misma. Qué jodido es saber que pasaré toda la vida esperándote, en este ir y venir del carajo, entre la negación y la aceptación. No obstante, quiero darte las gracias.

Despertaste en mí una pasión sin precedentes por la literatura latinoamericana, por el conocimiento, por las letras, por la escritura. Me permitiste enamorarme de los ojos almendrados y respetar el diluvio latente de este país. Me enseñaste a no seguir tu ejemplo utópico, pero a añorarlo. Me recordaste que esta enfermedad del trópico es compartida, que la soledad latinoamericana y sus achaques son trágicos, poéticos y, aunque engañosos, son un privilegio. Sé que no sostuviste tus tripas en tus manos, pero iremos hacia ti con flores; es casi lo mismo. Espero que sobre tu tumba exista siempre una riña, un duelo de mariposas amarillas que te reclamen tanto como yo lo hago.

Te hiciste familiar de todos, pícaro e irrepetible, y ahora nos dejas extrañándote. Qué buena vaina nos has echado encima, Gabo. Por ti, me alegra que nunca me hayan devuelto aquellos libros. Por ti, no me avergüenza la locura. Intenté ir a buscarte, no sé si lo sabías. Pero tus conocidos me informaron que estabas delicado y que ya no aceptaban visitas. Sabía que no serías pretencioso y obstinado, por eso no quise rendirme, creo que nunca lo haré. Confío en que nos encontraremos alguna noche, cuando vengas disfrazado de Prudencio Aguilar. Entablaremos una conversación. Será simplísimo, de locos, y sin nada que temer como José Arcadio. Nos vemos cuando esté en medio de un naufragio y necesite verte como a Jaime. Sé que aun enterrado cinco metros bajo el suelo, estarás narrando nuestra historia como nadie podrá hacerlo jamás.

Adiós, Gabo. Disfruta tu libertad fuera de este gran laberinto.

domingo, 13 de abril de 2014

Nosotros (los hijos bastardos de Bolívar)



Plac. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Ocho. Plac.
 
            Él recordaba como el sol quemaba sus sienes. Hacía calor. Derrochaba sol, brotaban grotescas lágrimas de su piel. Hace algunos años inventaron la ceguera, imagino que en un día de calor como este. Él usaba el casco y el orbe se distorsionaba, justo después de un comando. Plac. Llegaron gritando,  acusándoles de traidores, los hijos bastardos de Bolívar. Frunció el ceño, tratando de recordar al padre que nunca conoció, un rostro ajeno a él en el cual buscaba mirarse con compasión en los ojos. Y nada más.

Los han diseñado indestructibles contra todo menos la inmolación del espíritu. Debajo del chaleco se incinera su voluntad. Plac. Ella se acerca. Vocifera himnos de gloria. Ella sostiene una rosa entre sus manos y se la ofrece a su impotencia. Ha cortado todas las espinas del tallo para no herirlo. Para no herirse. Ella proclama unión aunque lo mira con lástima porque sabe que no puede verla. Un día como hoy inventaron la ceguera y sé que hacía calor. Habían avanzado demasiado y ya no podía permitirlo, aunque su cuerpo anhelaba descubrir la risa de su sangre.

Tuvo que retenerla. Ella insistía, todos insistían. Arremetió su cuerpo contra ella y escuchó la irregularidad de su diafragma, el aliento robado. Se preguntó cuál será su color favorito. Se preguntó si ella, también, despierta algunos días odiando todo. Se preguntó si no puede dejar de cantar una vez que escucha cualquier melodía. Se preguntó si odia que le tomen fotos, si se esconde de la cámara, tierna y juguetona. No importaría, ya inmortalizó su sonrisa en un recuerdo. Aún se cuestionaba, quería saber si llora cada vez que se siente sola ante el espejo o si dobla las esquinas en sus libros e incluso si se atreve a blasfemarlos con un subrayado de lápiz, cuando la conmueve alguna organización perfecta de palabras. Plac.  

“Tú no te puedes enamorar porque la revolución no ama”. Meditó por varios segundos mis palabras y retomó el ritmo. Sé que intentaba sacudirse la ceguera y remplazarla por una mucho más peligrosa. Hacía calor.  El amor es siempre pobre y con recursos. Él también tenía hambre, todos teníamos hambre; no podíamos decir nada. Plac. Ella está en el suelo. La rosa yacía a cortos metros de él y la voz de su madre reprimiéndolo resonaba en sus oídos. Cada puñetazo le borraba la esperanza de la cara. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Plac. Ocho. No advirtió que estaba llorando. Desvié mi mirada para no incomodarlo. El soldado interrumpía cada sollozo con súplicas de perdón. Ella se retorcía debajo de sus piernas pero no hacía mayor intento de escapar. Aguantaba, orgullosa, se sentía libre.  No estaba ciega. Ocho nudillos, tenues pinceles que dibujaban con tinta morada el lienzo de su rostro. Plac. Plac. Plac. Era suficiente.

martes, 18 de febrero de 2014

Por una Venezuela sin autoflagelación

Todo este rollo psicológico es muy duro. Latinoamérica es "un pueblo sin piernas pero que camina" y el militarismo nos ha jodido incontables veces, porque nos ha enseñado a amar una raíz más que al árbol completo. La desigualdad genera odio, y los dirigentes no hacen más que cultivarlo para poder tener electores en papel. Pero nuestras vidas no son solo lo que cupo en el obituario del periódico. Somos más que un número atrapado dentro una caja. Y nos quisieron vender que el "calor latinoamericano" debe justificar el masoquismo y el sufrimiento que conlleva. Nos han hecho odiarnos y dividirnos, hasta convertir en ídolos las distintas personalidades; la bala es solo consecuencia del desprecio que nos han infundido. Nos han enseñado a repudiar la riqueza del otro cuando la vemos, en vez de verla para asegurarnos de que es suficiente.
No obstante, nos hicieron apasionados. Esta carga histórica que nos hizo militantes de una causa, también nos dio la propiedad y el valor para amar. Es solo cuestión de comprender lo que significa amar a la patria, porque una nación somos todos. Una nación es la gente. ¿Qué es amar a la patria? Es amar al otro. Y entonces, quizás, si los venezolanos aprendemos a amarnos (tanto nosotros mismos como a nuestros conciudadanos) podremos finalmente tener una verdadera nación. Un país que no se autoflagele. Un solo amor que conquiste todas las cosas, una Venezuela que ostente su bandera para gritar libertad.

El día interminable

Valencia, 12 de febrero del 2014


Desde que llegué, solo he sentido un profundo pesar por mi país. Primero, tuve que físicamente combatir gente por unos potes de leche. Hacer filas interminables y búsquedas exhaustivas. Tuve que conformarme con el hecho de que hay cosas que simplemente no voy a conseguir. Conformarme con que se vaya el agua. Conformarme con los apagones. Conformarme con la paranoia que siento cada vez que salgo a la calle y al volver antes de que se oculte el sol, aunque no haga mucha diferencia. Conformarme con ver militares en un supermercado, conformarme con ver militares en todos lados. Conformarme con que el dinero no valga nada. Conformarme con cada propaganda en las calles donde Chávez es el Libertador y la revolución de la miseria para todos se proclama eterna. Conformarme con el miedo. Conformarme con el discurso de odio y la división. Conformarme con la desesperación. Conformarme con la patria, aunque la muerte y el hambre no tengan color político.
No obstante, puedo afirmar que estamos cansados. Estamos hartos de conformarnos.
A los valientes que perdieron su vida para hacerse escuchar solo puedo decirles que lo siento. Pero entiendo que su último acto de valor fue conformarse con la muerte, con su sangre, para no ser olvidados por ninguno de nosotros. Lamento que hayan tenido que conformarse. Todos temblamos ante la visión de unas manos blancas teñidas de rojo.
Lamento todo. Me duelen y me duele la conformidad. Pero su voz resuena en los oídos de la resistencia, y aunque la esperanza se deforme con cada atentado contra nosotros, su voz perdurará. Cada fondo es más profundo y nos encontraremos a nosotros mismos. Pero los estamos esperando en la Venezuela que ustedes soñaron. Se la estamos prometiendo. Y serán libres.

Lo siento tanto.

viernes, 25 de octubre de 2013

Mi lucha contra el tiempo

Te escribo porque el tiempo
ha caído
las horas renunciaron
y me quedé atascada
en este aliento
en estas náuseas
en el adiós que no tuvimos
y el saludo que se detuvo.
Te escribo porque los brazos del reloj
no me dan calor
Y el tiempo se tomó un día libre,
se olvidó que estamos presos
en él.
La frecuencia se fue
de vacaciones
y se llevó el patrón del encuentro,
nuestro encuentro.

Y ahora no soy rumor de multitudes
ni burlas entre luces

Solo espero por el tiempo.

sábado, 19 de octubre de 2013

Carta tardía en medio del desasosiego

Necesito desahogarme, lo cual inevitablemente es un atajo para ahogarme. Patalear desesperadamente en el océano no te saca de la tempestad. Escribo porque no sé cómo caminar ahora. Olvidé qué incita mis pasos. No sé cómo avanzar sin extender una mano hacia atrás para que me alcances, ni seguirte si no estás guiándome. A veces me cuesta batallar contra la circunstancia, los husos horarios, el verano que derrite los huesos de tus caderas y la tinta que no se desliza tan fácilmente sobre el papel.  No sé cepillarme los dientes sin la sorpresa del agua tibia, no sé cómo dejar de buscarte en el vapor. No he querido lavar mi cabello, las hebras buscarían enredarse entre tus dedos para aferrarse al recuerdo de la última lavada por tus manos.

Dejé de saber las cosas. Dejé de conocerlo todo, pues tiré todo y saqué todo de mí para andar únicamente con tu recuerdo. Debería ser ilegal caminar por este planeta con tanta certeza, aun dentro de todo lo indefinido e indefinible. Ya no hay incertidumbre recorriendo mi espina dorsal. Ya no me abruma el escalofrío que antecede al miedo. Ahora sé que estás, sé que existes; aunque ya no estén tus manos, ni tus besos, ni tus caricias. Pero estás. Estuviste. Estuvimos. Y estoy. Por primera vez, soy un náufrago que sabe que solo es cuestión de tiempo hasta encontrar tierra. Y esa es la mayor diferencia entre quienes están perdidos y quienes solo están viviendo una aventura.

Tu muerte

Tu muerte no se llora.
Simplemente la izamos en el aire.
Y así lo dijo él.
El guardián y nuestro refugio.


Tu muerte no se llora.
La izamos en el aire.
Porque amarte fue la bandera de mi libertad
el símbolo de nuestra patria
el hogar escondido en tu pecho.
Porque amarte pasó a ser el sentido,
la representación de mi existencia,
su única justificación.
Y cuando te vayas con el viento,
tu nombre será un himno de despedida,
un saludo,
una mano que rasguña el corazón.




domingo, 12 de mayo de 2013

Mudar la piel

A mi familia matriarcal de Tiquicia: Karla Solano, Gabriela Zumbado y Mariana Zumbado.

La mujer amaneció odiando todos los rincones, todos los espacios, todos los pedazos; se despertó con la terrible conciencia de saberse finita. Fue sacudida por la presencia del cosmos plegada a su ser y su no ser, plasmado en cada bloque; cada célula era un evento que se hacía parte de ella, de cada curva, cada línea del cuerpo interminable. Exhaló un suspiro hastiado, cargado de sueños incompletos. La mujer intentaba arduamente soñar con aquello que pensaba antes de irse a dormir, quería replicar la fantasía diurna; debajo de su almohada yacían todas las esperanzas, rabietas, mordiscos y lágrimas. La mujer dormía boca abajo para sentir la presión del deseo sobre su cabeza sin tener que verla. Esa mañana, con el hocico aplastado contra las arrugas de la sábana, la almohada era más difícil de remover. El mundo tenía un peso inamovible, se trazaba sobre una circunferencia de tragedia infinita; ella solo quería bajarse en la esquina. Gritó. Contra los brazos del amante invisible pataleó. Volvió a gritar.

La mujer vociferaba excusas para acabar con el hilo y el discurso. Estaba enredada en listones blancos, solemnes lazos que la ataban a su cama. Era irreconocibles cenizas, un esbozo de su existencia. Parecía haberse convertido en tan solo el boceto de esa mujer. Quería rasgar el papel, destruir por completo esa idea interrumpida que todos se habían hecho de ella. La destrucción se sabía como otra forma de creación, el cataclismo de su totalidad era necesario para la catarsis del alma; con un abrupto giro ya se encontraba en el medio del colchón, abierta, esperando. La soledad se hallaba en la caída y la elevación cansada del pecho desnudo.

Comenzó resbalando sus yemas a lo largo de su abdomen, oprimiendo la piel abultada. Sus dedos trazaron el contorno de sus caderas, la hendidura inocente que precedía a sus hinchados muslos. Calentó sus manos entre sus piernas. La mujer se sentía dueña de cada uno de sus pétalos, queridos o no. Escurrió una garra y apretó una de sus nalgas, patinando hacia sus piernas. Clavó sus uñas en sus sesgados senos, el filo de sus uñas cortaba lentamente el pezón cargado de besos agrestes. Le tomó horas. Mordió sus dedos y capturó entre dientes un tajo de su pellejo. Tiró de él violentamente, desnudando sus manos. No desistió hasta desvestir sus brazos. Arrancó la cáscara de sus muslos, hasta sentir que su cuerpo se sostenía sobre sus breves tobillos. Hundió sus uñas en el abismo del ombligo, rasgando cada una de sus partes usadas. Veintitrés mariposas se habían escondido en su corteza y en un instante batieron las alas teñidas de vino para no regresar jamás.

Cada recuerdo ausente flotaba en el aire como una partícula del polvo, danzando con el sol; había cierta gracia en la despedida de lo indeseable. La mujer se hallaba desnuda, abierta, esperando y ahora completamente erguida. En carne viva, más viva que nunca.

martes, 26 de marzo de 2013

Ojos grises

Quiero agradecerte…

Por lidiar con mis piojos, por lidiar conmigo. Por la sopita especial que nos hacías a mi hermano y a mí. Por lavarme las medias. Por coserme los pantalones del colegio. Por mandarme a hacer las tortas en mi cumpleaños, por mandar a hacer los disfraces de cada obra de teatro. Por ponerme talquito en las axilas después de bañarme con una motica felpuda. Por bañarme con agua tibia, incluso cuando no tenías agua caliente y tenías que calentarla en una olla. La mezclabas, se convertía en la temperatura perfecta, y me bañabas con un balde. Por lavarme mis tiernos rizos con champú. Por revisar todas las noches si estaba durmiendo bien, y por arroparme cuando notabas que no. Por curarme las orejas cuando los desgraciados secuestradores las destrozaron. Por ir a todas mis presentaciones cuando mis padres no iban, porque estaban muy ocupados.

Te amo y te voy a amar siempre. Te he extrañado durante todos estos años y creo que nunca dejaré de hacerlo. Perdóname. Perdóname por todo. Perdóname por haber sido una idiota y haber rectificado cuando ya no podías estar consciente. Perdóname por haberte rechazado cuando me querías enseñar a coser… Ahora lo hago y lo disfruto un montón. Perdóname por no haber ido con mi vestido naranja a tu cama cuando cumplí quince años. Perdóname por haberme reído. Perdóname por haberte hecho parte de las anécdotas. Perdóname. Perdóname. Perdóname como yo debo perdonar a Dios por no permitirte ver la mujer en la que me he convertido. Y espero que Dios también me permita perdonarme a mí misma.

domingo, 3 de marzo de 2013

Prosa de un verano invertido

Que la culpa no es mía, que la culpa es de la tierra.
Que culpo a la tierra porque la llevo sobre los hombros,
Con la sangre enardecida que irá a regar
Otro huerto.
Que me duele el costado
Porque la mejilla de la luna se aparece en todos lados
Y la tengo que compartir contigo.
Que no es culpa mía, que la tierra tiene la culpa.
Que Orión te está viendo llevártela cada seis meses
Y me deja sin nada,
Para que mis ojos desistan,
Cansados,
De mirar en la oscuridad.




Costa Rica, 13/03/2023

miércoles, 13 de febrero de 2013

Acuarelas



El problema que tiene la humanidad es de desprendimiento. Nos gusta aferrarnos a las cosas y no queremos perderlas. Desesperadamente conservamos un afán de hacer prisioneros a lo hermoso), a lo que nos perturba desde el alma al todo. Por eso creamos arte; buscamos inmortalizar para no sentir el abandono de nuestras emociones, queremos encontrarlas a través del tiempo. Por eso creemos en Dios, el abandono de una raza es intolerable.  Pero es esta conciencia que cargamos de la ausencia la que nos inspira a amar, a arriesgarnos, a soñar. Nuestro problema es el mayor beneficio de nuestra especie.

domingo, 16 de diciembre de 2012

La falta de una metamorfosis.

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Andrea Crespo se despertó convertida en la habitual y monstruosa versión de ella misma. 

Terrible ocurrrencia era despertar y darse cuenta de que nada había cambiado.

martes, 4 de diciembre de 2012

Se habla venezolano (desahogo)


Todos somos unos güevones. Partamos de esa premisa y salimos ya de ese peo.
Voy a hablar desde la experiencia porque es lo único que cualquiera lleva consigo. Y creo que todo este peo que cargo encima es la esencia de lo que significa la transculturización, la cual se entiende como “los procesos de difusión o infiltración de complejos o rasgos culturales de una a otra sociedad o grupo social”, dijo otro güevón como yo pero creo que fue a la universidad y terminó posteando la tesis en internet. No le vamos a echar la culpa a la globalización, porque este conflicto es milenario, y es que podemos rastrear esto hasta los colonizadores que se mancillaban a las indígenas y tal (vamos a verlo así, como una tortura, porque eso nos dicen los libros de historia de Venezuela, ya-tú-sabe-los-españoles-son-lo-peor-y-qué-viva-la-resistencia-indígena). Bueno, empiezo con el cuento. Yo me mudé a Costa Rica, me vine para acá sin saber un coño de nadie, de vaina y sabía quién era Óscar Arias, por los discursos y la vaina de paz en Centroamérica. Me vine por varias razones, pero eso no entra aquí, entonces como que borro esta línea. Mejor no. Me vine porque estaba harta de vivir cagadísima y porque surgió una oportunidad laboral para alguien en mi familia que era realmente importante. No quisiera decir que me fui por Chávez, aunque todo, realmente, gira entorno a su omnipotente presencia. No borré la línea. Esta soy yo sin filtro, cruda, desahogándome. Tres veces más vulgar. Porque en mi mente las groserías que digo se entienden y no me tengo que preocupar por que no sea así. Volvamos a eso. De eso quiero hablar: la transculturización. Resulta que yo quería hacer vainas muy de pinga en este país, incluso me instruí decentemente en su historia y en la centroamericana, para poder hablar con propiedad, ¿sabes? Entonces me quise involucrar. Pero algo estaba fallando. Era una barrera que no podía cruzar, como tener un murito pendejo enfrente y la escalerita al lado pero no saber si la quieres usar. 
La vaina es que no me entienden. Digo, tengo pocos amigos ticos y al inicio era de pinga que compartiéramos expresiones y aprendiéramos el argot del otro. Pero yo no usaba la jerga de los ticos y ellos no tenían por qué usar la mía, no estaban en mi país. Entonces por más cómico y buenavaina que suenen ciertas cosas, había ese factorcito de “siempre está hablando en otro registro”. No nos podíamos conectar. Era tan simple como remplazar el “necesito que me digas una vaina” por “ocupo (uy, cómo me caga el mal uso de esa palabra) que me digás algo”.
La cosa es que el venezolano le guarda cierto rencor a los que están afuera y ese güevo se lo tiene que calar uno, tolerar los tuits de la gente que rechaza la opinión de otros solo porque están lejos. Otros venezolanos, tienen la patria sumamente arraigada y no lo pueden ver a uno diciendo otra cosa que no sea “mira, ahí está el chigüire que va comiéndose una arepa y un tomándose un guayoyo con cocuy”. O cualquier variación de una vaina que suene muy nosotros. El caso es que los venezolanos les tienen arrechera a todos los venezolanos que se han ido y que se atreven a cambiar algunas palabritas. Pero es esencial, es básico, es fundamental: si no alteramos en lo más mínimo nuestro lenguaje cuando nos comunicamos con los nativos (podemos verlo como enriquecimiento, si somos optimistas) no vamos a poder transmitir un mensaje de la manera más efectiva. No estoy diciendo que voy a empezar a darle con el ustedeo en todas mis relaciones cercanas, porque me es ajeno y fingido, pero sí siento que hay expresiones ticas que debo usar porque mi vivencia fue tica. No puedo decir otra cosa que “eso es un despiche” si para mis interlocutores lo que sucedió es que se volvió mierda todo, un completo desastre: para ellos es esencialmente un despiche. No voy a decir, tampoco, “el acontecimiento alarmante consistió en la desestructuración de todos los elementos que fundamentaban el asunto a tratar”. ¡¿Por qué?! 
La comunicación es dinámica y bilateral. Y su propósito es expresar ideas, sentimientos, transmitir un mensaje. No gano nada al sucumbir a las amenazas de que me van a odiar mis coterráneos.  Sigo pensando que el español de Venezuela posee cierta supremacía, pero esa soy yo, por mojoneada y pajúa, y porque es el español que mejor sé expresar, es el mío. Pero ya esos estándares le quedan chiquitos al mundo y a este proceso transcultural.  La selección natural discute que los organismos que triunfan son aquellos superiores por su poder de adaptación. Ajá. Y si te mudas y no te adaptas, ¿no crees que te estés saboteando la existencia porque andas en un rollo mental donde sientes que estás sobreviviendo y no tripeándote vivir en el extranjero?
La transculturización tiene su buena vaina y su maltripeo. En parte, nos ayuda a sentir que no estamos solos ni aislados, y que estamos en constante movimiento evolucionario; podemos romper un montón de paradigmas, observarnos desde otra perspectiva y forjar cosas nuevas. Ser cosas nuevas, individuos listos para transitar el mundo. Pero también está esa parte chimba del sentimiento de invasión, donde una cultura siente que vino un poco de gente a montar el rancho en la finca de la noche a la mañana (paréntesis: esto no inició con Chávez, me ladilla burda cuando la habla taaantas güevonadas. Quien leyó Doña Bárbara en noveno grado porque se tomó el trabajo de hacerlo sabe que no es así. Hasta esa maldita le choripaneaba los terrenos de Altamira a Luzardo y se lo caribeaba durísimo al principio. Claro que la obra indica que contra esa vaina se lucha. Sigo. Cierre del paréntesis.) y es por eso que le agarran arrechera a los extranjeros. Los oriundos de la tierra sienten, en un afán retrógrado, que les están robando algo porque les caga la competencia y no ven los beneficios. 
Escribo esto porque me quiero sentir ciudadana del mundo, pero también quiero habitar mi propio cuerpo y expresarme, por un segundo, como me da la gana. Y en mi cabeza se habla venezolano. Suerte con esa vaina. Me entregaré momentáneamente al estereotipo que tenemos (el gastronómico, no el político) y me voy a comer una arepa. 
Fin del (quizás exitoso) comunicado.

sábado, 13 de octubre de 2012

Pasión

La raíz de la palabra pasión es passio, es decir, sufrimiento en latín. Esta viene de patior y tiene sus orígenes en la lengua griega, en la cual, este término es utilizado para referirse a "padecer" de algo o "sufrir" por ello, ya que no tiene remedio.

Lo que trato de anunciarles es que la pasión es, esencialmente, una enfermedad.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Disfraz

Increíble como simplemente uno lavará los platos, hará la cena, secará la ropa, terminará de estudiar y se irá dormir, para levantarse al día siguiente a cumplir obligaciones.

Y durante todo ese tiempo, queriendo morir. Con un pequeño disfraz de vitalidad y alegría, cuando por dentro te has matado veintiocho veces de diferentes maneras.

Superficies emergentes


A Massimo

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días ausencia férrea, letargo y silencio. La mirada del ladrón era incapaz de abandonar la mesa tambaleante; su única pata declamaba orgullo con cada crepúsculo transeúnte.  El ladrón pensaba en la mujer. No se trataba de escribirla, quería develarla al tocarla, y quizás más tarde lograr materializarla en una onda pícara que se infiltrara en su tren de pensamiento.  Encima de la mesa, estaba el recordatorio infernal: un antiguo reloj cuyos soldados de arena alguna vez se hicieron pasar por caballeros, que en su demencia, se enfrentaron a unos molinos de viento.  Uno a uno, los soldados iban cayendo en la fosa eterna, aludiendo al torpe sacrificio.

No era una cuestión de honor en espacios oníricos. Esto le ocurría a quienes intentaban burlar el orden, su propia naturaleza. Tenía un andamio simpático y un carisma arcaico; no era inusual la recepción de miradas patidifusas. El ladrón no poseía condiciones superfluas, ni representaba al enamoramiento pasajero, se había comprometido de por vida con ella. Así, decidió visitar los recuerdos de aquella noche: el cese de los puñales acuosos finalmente le dio la bienvenida a la época decembrina. Ensimismado, se percató de su sentenciada desolación; la consciencia de un ladrón no podía soportar una compañía que fuese aún más foránea que la suya.

 El suelo, bajo el tenue farol, se vislumbraba lúgubre; una sola víctima meditaba en el centro de la plaza mayor. Hacía frío. Una cúpula ajena al modelo generacional cubría sus cabezas, y el ladrón percibió el delgado escalofrío que atacó los finos vellos del cuello distante. La mujer no giró su cabeza, se negó a reconocer su intromisión. Cuando el ladrón avanzó, inmediatamente se supo atrapado; era la silente amenaza de una entrega sin conflagración. Iba a tomar el bolso cuando una mano lo detuvo, entrelazando sus dedos. La víctima pronunció un consentimiento angelical y levantó la tira sobre su cabeza, despojándose de ella. Para él, había dejado de ser suficiente. Quería más, después de atender con deleite a los vocablos de su víctima, no podía arrancárselos del recuerdo. La mujer entregó todas sus posesiones y un hasta luego. Se levantó lentamente, cautelosa, e hizo su escape. El ladrón permaneció inmóvil, absorto en los eventos anteriores y en la sagrada voz de una víctima aleatoria.  Hurtar un bolso lo hacía ver inhábil, igualmente inútil. Era un ejército de un solo hombre, y a su vez, de nadie.

La más vieja de las luchas ocurría dentro de sí mismo. Regresó al día siguiente, y otros tres más; escondido entre columnas podría disfrutar de la armoniosa y diligente voz del rezo. Después de diecisiete plegarias, sintió que conocía a su víctima; podía saborearla con cada súplica. La voz era venenosa, un terrón de azúcar peligroso que se hacía tangible en las manos del ladrón; sentía el almíbar madrugador cuando intentaba recrearla en su bandurria. Sin embargo, cuando sus cuerdas mundanas intentaban recrear las de aquella mujer, la melodía carecía del encanto esencial.  Un bombillo se prendió dentro de él y con la más elemental de las convicciones, se aventuró en la infinidad de la noche.

Esta vez no dudó. El pesado cuerpo delincuente arremetió contra ella; instantáneamente se posaron sobre el frágil cuello los dedos victimizantes. Apretó cuanto pudo hasta poder suscitar un grito blanco de su víctima. Al terminar, empujó el cuerpo inservible y se llevó la voz en sus manos mientras la arrullaba como a un infante, celándola del nefasto orbe.

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días de ausencia férrea, letargo y silencio. Conmemoró el intento fallido de aquella noche, cuando había querido ahogar la voz en un respiro desesperado; su intención era consumar el robo maldito. El ladrón sufrió un impacto del entendimiento y tomó la bandurria una vez más.

Esa noche la convirtió en el fondo, en el centro, en la fachada de su existencia. La música era su mujer; la voz no fue más que una musa en potencia, disfrazada de víctima. El ladrón, ahora, se creía acreedor del misterio y poseedor del único compromiso verdadero al que tantos hombres se hubiesen entregado siglos atrás. Tomó el reloj de arena y violentamente lo puso de cabeza: ahora él construiría su propio tiempo.



El fuego compacto



Hace dos años probé el cigarrillo. El humo, a pesar de ser reconfortante, se fue por el camino viejo, como dicen porai. Me ahogué. Pero como soy un ser humano y apelo al absurdo, no me rendí, seguí con mi terquedad y volví a reclamar el aliento que enciende el fuego del yesquero. Estabas a mi lado, te burlaste de mi torpeza y reclamabas quiescencia. No te iba a conceder un carajo. Lo volví a intentar y me ahogué; quizás repetí la acción tres o cuatro veces. 

Cuando era un niño, creía que “fuego lento” se refería a cigarro, yo vi en el cilindro la muerte de las llamas. Para mí tenía sentido. Cuando fumaba, me estaba tragando el fuego y tenía sentido. Yo exhalaba la muerte de una flama, una última voluntad expirada. No aguanté tus carcajadas y desistí de mi empeño. Ya la cabeza me dolía de tan solo pensar que quienes fuman asesinan, ex profeso, las pasiones.

Hoy me despedí de ti y me entraron unas ganas terribles de fumar.

Prohibido ser humano

martes, 29 de abril de 2014 · 0 comentarios

Tenía ganas de escribir un poquito en mi blog, sin ánimos literarios, porque hay días donde no tengo ganas de estética. Solo quiero conversar.  Hoy es uno de esos días donde despierto siendo caos, indescifrable e irreconocible. Me imagino a mí misma frente al abismo que nos separa y no me queda más remedio que gritar las reflexiones y tonterías que me cruzan la mente durante la jornada.

Estaba conversando con una compañera de clase en la universidad y me comentó que tenía examen de latín al día siguiente. A mí no me toca hasta el próximo semestre y por más curiosidad y ganas que tenga, he hecho pocos esfuerzos autodidactas. Entonces, se me ocurrió que yo era una completa inútil que jamás podría comunicarse en época romana. La conversación que tuvimos, el intercambio de dos o tres líneas, me indignó por el resto del día:

-Tengo examen de latín el miércoles. He estudiado pero estoy nerviosa.
-Yo no sé nada de latín, decirte que sé es mentirte. Me toca el próximo semestre.
-Sí, es difícil.
-¿Cómo se dice “hola”? ¿Cómo se dice “cómo estás”?
-La verdad es que ni idea.
-¿Y entonces? ¿No llevabas latín?
-Es que a nosotros nos enseñan a traducir.

En ese preciso momento,  el padre Zeus, el que amontona las nubes, el que lleva la égida o como ustedes quieran, hizo que un rayo penetrara la cafetería de la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica, encendiéndome, sin marcha atrás.

Comencé a pensar que Julio César debía sacarse los mocos y hacerlos una bolita. A Cleopatra le venía la menstruación y de seguro se quejaba del dolor. Simón Bolívar, Libertador de naciones, comía arepas. Pensemos que la arepa es un invento bastante viejo, nuestros ancestros aborígenes ya disfrutaban de su delicioso sabor antes de la llegada de los españoles. Recuerdo que “Bolívar en vivo”, la novela histórica de Francisco Herrera Luque, caracterizaba a Simón Bolívar como un hombre cercano. ¿Y quién dice que no?
Imagino que los romanos debían vocalizar que se estaban cagando, o que era tiempo de vaciar los contenidos de la bacinica a la calle.  Debían, segurito, tener una expresión graciosa para ello. O al menos los primeros romanos que no tenían los humos tan altos, e incluso los de la periferia en tiempos posteriores. Nos han vendido una idea distante de nuestros antepasados, los han deshumanizado para promover el respeto hacia su figura. Me perturba pensar que debería ser lo contrario. El tener condición humana y ser capaz de sobreponerse a ella para lograr algo maravilloso, un aporte para nuestra especie, es admirable. Sí, se distinguen entre los humanos, pero no dejan de serlo. Consideremos que nadie escribe –o no debería- como habla, ni viceversa. Por supuesto que Simón Bolívar era una hábil pluma, pero de seguro estuvo a punto de orinarse varias veces y lo chalequeaban por enano. Era más bajito que yo. Aunque en su pecho ardiera la convicción de la libertad, le íbamos a decir “¡Epa, chichón de piso!”.  Los textos nos han vendido una idea lejana de las personas que más admiramos. Incluso la relación humana con lo divino sigue esta tendencia, el respeto por la omnipotencia, aunque se supone que "está hecho a nuestra imagen y semejanza". Sé que si me hallara teniendo conversaciones con Dios, serían así: "Epale bróder, yo sé que estás ocupado, siendo Dios todopoderoso-omnisciente-mejor que Chuck Norris-más capaz que Daniel Craig en una película de James Bond, pero te necesito aqui un ratico para una cosita. Ayúdame ahí, jefe eterno. Mi felicidad ayuda al universo, mayol". Creo que entraríamos en confianza más rápido y tendríamos relaciones más cercanas si nos dispusiéramos a tener un poquito más de autoestima, aunque seamos una raza condenada y perjudicial para las demás.

Es paradójico. La literatura  inmortaliza una idea y, al mismo tiempo, la asesina en términos evolutivos. Quiero decir, en el momento que plasmamos una idea en papel, la misma deja de mutar. Está muerta. Muerta y viva para toda la eternidad. Esa idea es la que leeremos, aunque quince minutos después haya cambiado. No es secreto que hay expresiones dentro de nuestra cultura que están de moda o dejan de estarlo. ¿Cuánto nos estaremos perdiendo?

Esta visión de individuos solemnes y grandilocuentes está lejos de la realidad. Señores, nos han mentido. Julio César tuvo miedo. Simón Bolívar lloró por Manuela Sáenz. Los españoles habrán gemido de placer al probar la primera arepa.  Quizás lo que intento decir es: nosotros no somos ajenos a la grandeza. No debemos deshumanizarnos para tener éxito ni deshumanizar a otros para admirarlos. Podemos estar cerca de nosotros mismos, de nuestro refugio en la lengua, de nuestras simpáticas raíces. Se nos permite ser humanos. Se nos permite ser grandes. 



Aquí una canción de Dany Rivera porque a mi mamá le gusta. Y porque también los hombres de rabia lloran. O por cualquier cosa. Todos lloramos. Spoiler.

Mi carta de despedida para el Gabo - Salida del laberinto

jueves, 17 de abril de 2014 · 0 comentarios

Generalmente, en todos los actos fúnebres como este, se designa una persona para que diga un discurso. Yo no vengo a decir un discurso. Vengo a honrarte como siento que te lo debo, vulgar y sincera, conmovida y seca de tanto llorar. Admito que te había escrito una carta muchísimo más larga, pero mi computadora sucumbió y la perdí. Quizás solo tú querías leerla, puro realismo mágico, hombre.

Me ha costado lidiar con esta noticia porque te estaré esperando el domingo. Estaré alerta, con la expectativa de tu resurrección y uno que otro chiste sobre el más allá. Confieso que tengo miedo, como tú lo tenías cuando debías hablar ante un público. Estoy llena de pánico, porque en numerosas noches solías elevarte hacia los cielos como Remedios la Bella y la imagen me infundía de terror. Hoy me enfrento contra los titulares ruidosos y no tengo más opción que creerles. Despedirse es terrible, no estoy acostumbrada, a pesar de distar de quienes amo. Sin embargo, he encontrado que el agradecimiento es una forma de lidiar con la tristeza. Y hoy me encuentro ante el pelotón de fusilamiento, sin recordar el hielo. Hoy recuerdo a una Andrea Sofía de 13 años que sostiene entre sus manos tu libro por primera vez. Y me despido de ella, porque nunca volvió a ser la misma. Qué jodido es saber que pasaré toda la vida esperándote, en este ir y venir del carajo, entre la negación y la aceptación. No obstante, quiero darte las gracias.

Despertaste en mí una pasión sin precedentes por la literatura latinoamericana, por el conocimiento, por las letras, por la escritura. Me permitiste enamorarme de los ojos almendrados y respetar el diluvio latente de este país. Me enseñaste a no seguir tu ejemplo utópico, pero a añorarlo. Me recordaste que esta enfermedad del trópico es compartida, que la soledad latinoamericana y sus achaques son trágicos, poéticos y, aunque engañosos, son un privilegio. Sé que no sostuviste tus tripas en tus manos, pero iremos hacia ti con flores; es casi lo mismo. Espero que sobre tu tumba exista siempre una riña, un duelo de mariposas amarillas que te reclamen tanto como yo lo hago.

Te hiciste familiar de todos, pícaro e irrepetible, y ahora nos dejas extrañándote. Qué buena vaina nos has echado encima, Gabo. Por ti, me alegra que nunca me hayan devuelto aquellos libros. Por ti, no me avergüenza la locura. Intenté ir a buscarte, no sé si lo sabías. Pero tus conocidos me informaron que estabas delicado y que ya no aceptaban visitas. Sabía que no serías pretencioso y obstinado, por eso no quise rendirme, creo que nunca lo haré. Confío en que nos encontraremos alguna noche, cuando vengas disfrazado de Prudencio Aguilar. Entablaremos una conversación. Será simplísimo, de locos, y sin nada que temer como José Arcadio. Nos vemos cuando esté en medio de un naufragio y necesite verte como a Jaime. Sé que aun enterrado cinco metros bajo el suelo, estarás narrando nuestra historia como nadie podrá hacerlo jamás.

Adiós, Gabo. Disfruta tu libertad fuera de este gran laberinto.

Nosotros (los hijos bastardos de Bolívar)

domingo, 13 de abril de 2014 · 1 comentarios



Plac. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Ocho. Plac.
 
            Él recordaba como el sol quemaba sus sienes. Hacía calor. Derrochaba sol, brotaban grotescas lágrimas de su piel. Hace algunos años inventaron la ceguera, imagino que en un día de calor como este. Él usaba el casco y el orbe se distorsionaba, justo después de un comando. Plac. Llegaron gritando,  acusándoles de traidores, los hijos bastardos de Bolívar. Frunció el ceño, tratando de recordar al padre que nunca conoció, un rostro ajeno a él en el cual buscaba mirarse con compasión en los ojos. Y nada más.

Los han diseñado indestructibles contra todo menos la inmolación del espíritu. Debajo del chaleco se incinera su voluntad. Plac. Ella se acerca. Vocifera himnos de gloria. Ella sostiene una rosa entre sus manos y se la ofrece a su impotencia. Ha cortado todas las espinas del tallo para no herirlo. Para no herirse. Ella proclama unión aunque lo mira con lástima porque sabe que no puede verla. Un día como hoy inventaron la ceguera y sé que hacía calor. Habían avanzado demasiado y ya no podía permitirlo, aunque su cuerpo anhelaba descubrir la risa de su sangre.

Tuvo que retenerla. Ella insistía, todos insistían. Arremetió su cuerpo contra ella y escuchó la irregularidad de su diafragma, el aliento robado. Se preguntó cuál será su color favorito. Se preguntó si ella, también, despierta algunos días odiando todo. Se preguntó si no puede dejar de cantar una vez que escucha cualquier melodía. Se preguntó si odia que le tomen fotos, si se esconde de la cámara, tierna y juguetona. No importaría, ya inmortalizó su sonrisa en un recuerdo. Aún se cuestionaba, quería saber si llora cada vez que se siente sola ante el espejo o si dobla las esquinas en sus libros e incluso si se atreve a blasfemarlos con un subrayado de lápiz, cuando la conmueve alguna organización perfecta de palabras. Plac.  

“Tú no te puedes enamorar porque la revolución no ama”. Meditó por varios segundos mis palabras y retomó el ritmo. Sé que intentaba sacudirse la ceguera y remplazarla por una mucho más peligrosa. Hacía calor.  El amor es siempre pobre y con recursos. Él también tenía hambre, todos teníamos hambre; no podíamos decir nada. Plac. Ella está en el suelo. La rosa yacía a cortos metros de él y la voz de su madre reprimiéndolo resonaba en sus oídos. Cada puñetazo le borraba la esperanza de la cara. Un, dos, tres. Plac. Cinco, seis, siete. Plac. Plac. Ocho. No advirtió que estaba llorando. Desvié mi mirada para no incomodarlo. El soldado interrumpía cada sollozo con súplicas de perdón. Ella se retorcía debajo de sus piernas pero no hacía mayor intento de escapar. Aguantaba, orgullosa, se sentía libre.  No estaba ciega. Ocho nudillos, tenues pinceles que dibujaban con tinta morada el lienzo de su rostro. Plac. Plac. Plac. Era suficiente.

Por una Venezuela sin autoflagelación

martes, 18 de febrero de 2014 · 0 comentarios

Todo este rollo psicológico es muy duro. Latinoamérica es "un pueblo sin piernas pero que camina" y el militarismo nos ha jodido incontables veces, porque nos ha enseñado a amar una raíz más que al árbol completo. La desigualdad genera odio, y los dirigentes no hacen más que cultivarlo para poder tener electores en papel. Pero nuestras vidas no son solo lo que cupo en el obituario del periódico. Somos más que un número atrapado dentro una caja. Y nos quisieron vender que el "calor latinoamericano" debe justificar el masoquismo y el sufrimiento que conlleva. Nos han hecho odiarnos y dividirnos, hasta convertir en ídolos las distintas personalidades; la bala es solo consecuencia del desprecio que nos han infundido. Nos han enseñado a repudiar la riqueza del otro cuando la vemos, en vez de verla para asegurarnos de que es suficiente.
No obstante, nos hicieron apasionados. Esta carga histórica que nos hizo militantes de una causa, también nos dio la propiedad y el valor para amar. Es solo cuestión de comprender lo que significa amar a la patria, porque una nación somos todos. Una nación es la gente. ¿Qué es amar a la patria? Es amar al otro. Y entonces, quizás, si los venezolanos aprendemos a amarnos (tanto nosotros mismos como a nuestros conciudadanos) podremos finalmente tener una verdadera nación. Un país que no se autoflagele. Un solo amor que conquiste todas las cosas, una Venezuela que ostente su bandera para gritar libertad.

El día interminable

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Valencia, 12 de febrero del 2014


Desde que llegué, solo he sentido un profundo pesar por mi país. Primero, tuve que físicamente combatir gente por unos potes de leche. Hacer filas interminables y búsquedas exhaustivas. Tuve que conformarme con el hecho de que hay cosas que simplemente no voy a conseguir. Conformarme con que se vaya el agua. Conformarme con los apagones. Conformarme con la paranoia que siento cada vez que salgo a la calle y al volver antes de que se oculte el sol, aunque no haga mucha diferencia. Conformarme con ver militares en un supermercado, conformarme con ver militares en todos lados. Conformarme con que el dinero no valga nada. Conformarme con cada propaganda en las calles donde Chávez es el Libertador y la revolución de la miseria para todos se proclama eterna. Conformarme con el miedo. Conformarme con el discurso de odio y la división. Conformarme con la desesperación. Conformarme con la patria, aunque la muerte y el hambre no tengan color político.
No obstante, puedo afirmar que estamos cansados. Estamos hartos de conformarnos.
A los valientes que perdieron su vida para hacerse escuchar solo puedo decirles que lo siento. Pero entiendo que su último acto de valor fue conformarse con la muerte, con su sangre, para no ser olvidados por ninguno de nosotros. Lamento que hayan tenido que conformarse. Todos temblamos ante la visión de unas manos blancas teñidas de rojo.
Lamento todo. Me duelen y me duele la conformidad. Pero su voz resuena en los oídos de la resistencia, y aunque la esperanza se deforme con cada atentado contra nosotros, su voz perdurará. Cada fondo es más profundo y nos encontraremos a nosotros mismos. Pero los estamos esperando en la Venezuela que ustedes soñaron. Se la estamos prometiendo. Y serán libres.

Lo siento tanto.

Mi lucha contra el tiempo

viernes, 25 de octubre de 2013 · 0 comentarios

Te escribo porque el tiempo
ha caído
las horas renunciaron
y me quedé atascada
en este aliento
en estas náuseas
en el adiós que no tuvimos
y el saludo que se detuvo.
Te escribo porque los brazos del reloj
no me dan calor
Y el tiempo se tomó un día libre,
se olvidó que estamos presos
en él.
La frecuencia se fue
de vacaciones
y se llevó el patrón del encuentro,
nuestro encuentro.

Y ahora no soy rumor de multitudes
ni burlas entre luces

Solo espero por el tiempo.

Carta tardía en medio del desasosiego

sábado, 19 de octubre de 2013 · 0 comentarios

Necesito desahogarme, lo cual inevitablemente es un atajo para ahogarme. Patalear desesperadamente en el océano no te saca de la tempestad. Escribo porque no sé cómo caminar ahora. Olvidé qué incita mis pasos. No sé cómo avanzar sin extender una mano hacia atrás para que me alcances, ni seguirte si no estás guiándome. A veces me cuesta batallar contra la circunstancia, los husos horarios, el verano que derrite los huesos de tus caderas y la tinta que no se desliza tan fácilmente sobre el papel.  No sé cepillarme los dientes sin la sorpresa del agua tibia, no sé cómo dejar de buscarte en el vapor. No he querido lavar mi cabello, las hebras buscarían enredarse entre tus dedos para aferrarse al recuerdo de la última lavada por tus manos.

Dejé de saber las cosas. Dejé de conocerlo todo, pues tiré todo y saqué todo de mí para andar únicamente con tu recuerdo. Debería ser ilegal caminar por este planeta con tanta certeza, aun dentro de todo lo indefinido e indefinible. Ya no hay incertidumbre recorriendo mi espina dorsal. Ya no me abruma el escalofrío que antecede al miedo. Ahora sé que estás, sé que existes; aunque ya no estén tus manos, ni tus besos, ni tus caricias. Pero estás. Estuviste. Estuvimos. Y estoy. Por primera vez, soy un náufrago que sabe que solo es cuestión de tiempo hasta encontrar tierra. Y esa es la mayor diferencia entre quienes están perdidos y quienes solo están viviendo una aventura.

Tu muerte

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Tu muerte no se llora.
Simplemente la izamos en el aire.
Y así lo dijo él.
El guardián y nuestro refugio.


Tu muerte no se llora.
La izamos en el aire.
Porque amarte fue la bandera de mi libertad
el símbolo de nuestra patria
el hogar escondido en tu pecho.
Porque amarte pasó a ser el sentido,
la representación de mi existencia,
su única justificación.
Y cuando te vayas con el viento,
tu nombre será un himno de despedida,
un saludo,
una mano que rasguña el corazón.




Mudar la piel

domingo, 12 de mayo de 2013 · 0 comentarios

A mi familia matriarcal de Tiquicia: Karla Solano, Gabriela Zumbado y Mariana Zumbado.

La mujer amaneció odiando todos los rincones, todos los espacios, todos los pedazos; se despertó con la terrible conciencia de saberse finita. Fue sacudida por la presencia del cosmos plegada a su ser y su no ser, plasmado en cada bloque; cada célula era un evento que se hacía parte de ella, de cada curva, cada línea del cuerpo interminable. Exhaló un suspiro hastiado, cargado de sueños incompletos. La mujer intentaba arduamente soñar con aquello que pensaba antes de irse a dormir, quería replicar la fantasía diurna; debajo de su almohada yacían todas las esperanzas, rabietas, mordiscos y lágrimas. La mujer dormía boca abajo para sentir la presión del deseo sobre su cabeza sin tener que verla. Esa mañana, con el hocico aplastado contra las arrugas de la sábana, la almohada era más difícil de remover. El mundo tenía un peso inamovible, se trazaba sobre una circunferencia de tragedia infinita; ella solo quería bajarse en la esquina. Gritó. Contra los brazos del amante invisible pataleó. Volvió a gritar.

La mujer vociferaba excusas para acabar con el hilo y el discurso. Estaba enredada en listones blancos, solemnes lazos que la ataban a su cama. Era irreconocibles cenizas, un esbozo de su existencia. Parecía haberse convertido en tan solo el boceto de esa mujer. Quería rasgar el papel, destruir por completo esa idea interrumpida que todos se habían hecho de ella. La destrucción se sabía como otra forma de creación, el cataclismo de su totalidad era necesario para la catarsis del alma; con un abrupto giro ya se encontraba en el medio del colchón, abierta, esperando. La soledad se hallaba en la caída y la elevación cansada del pecho desnudo.

Comenzó resbalando sus yemas a lo largo de su abdomen, oprimiendo la piel abultada. Sus dedos trazaron el contorno de sus caderas, la hendidura inocente que precedía a sus hinchados muslos. Calentó sus manos entre sus piernas. La mujer se sentía dueña de cada uno de sus pétalos, queridos o no. Escurrió una garra y apretó una de sus nalgas, patinando hacia sus piernas. Clavó sus uñas en sus sesgados senos, el filo de sus uñas cortaba lentamente el pezón cargado de besos agrestes. Le tomó horas. Mordió sus dedos y capturó entre dientes un tajo de su pellejo. Tiró de él violentamente, desnudando sus manos. No desistió hasta desvestir sus brazos. Arrancó la cáscara de sus muslos, hasta sentir que su cuerpo se sostenía sobre sus breves tobillos. Hundió sus uñas en el abismo del ombligo, rasgando cada una de sus partes usadas. Veintitrés mariposas se habían escondido en su corteza y en un instante batieron las alas teñidas de vino para no regresar jamás.

Cada recuerdo ausente flotaba en el aire como una partícula del polvo, danzando con el sol; había cierta gracia en la despedida de lo indeseable. La mujer se hallaba desnuda, abierta, esperando y ahora completamente erguida. En carne viva, más viva que nunca.

Ojos grises

martes, 26 de marzo de 2013 · 1 comentarios

Quiero agradecerte…

Por lidiar con mis piojos, por lidiar conmigo. Por la sopita especial que nos hacías a mi hermano y a mí. Por lavarme las medias. Por coserme los pantalones del colegio. Por mandarme a hacer las tortas en mi cumpleaños, por mandar a hacer los disfraces de cada obra de teatro. Por ponerme talquito en las axilas después de bañarme con una motica felpuda. Por bañarme con agua tibia, incluso cuando no tenías agua caliente y tenías que calentarla en una olla. La mezclabas, se convertía en la temperatura perfecta, y me bañabas con un balde. Por lavarme mis tiernos rizos con champú. Por revisar todas las noches si estaba durmiendo bien, y por arroparme cuando notabas que no. Por curarme las orejas cuando los desgraciados secuestradores las destrozaron. Por ir a todas mis presentaciones cuando mis padres no iban, porque estaban muy ocupados.

Te amo y te voy a amar siempre. Te he extrañado durante todos estos años y creo que nunca dejaré de hacerlo. Perdóname. Perdóname por todo. Perdóname por haber sido una idiota y haber rectificado cuando ya no podías estar consciente. Perdóname por haberte rechazado cuando me querías enseñar a coser… Ahora lo hago y lo disfruto un montón. Perdóname por no haber ido con mi vestido naranja a tu cama cuando cumplí quince años. Perdóname por haberme reído. Perdóname por haberte hecho parte de las anécdotas. Perdóname. Perdóname. Perdóname como yo debo perdonar a Dios por no permitirte ver la mujer en la que me he convertido. Y espero que Dios también me permita perdonarme a mí misma.

Prosa de un verano invertido

domingo, 3 de marzo de 2013 · 0 comentarios

Que la culpa no es mía, que la culpa es de la tierra.
Que culpo a la tierra porque la llevo sobre los hombros,
Con la sangre enardecida que irá a regar
Otro huerto.
Que me duele el costado
Porque la mejilla de la luna se aparece en todos lados
Y la tengo que compartir contigo.
Que no es culpa mía, que la tierra tiene la culpa.
Que Orión te está viendo llevártela cada seis meses
Y me deja sin nada,
Para que mis ojos desistan,
Cansados,
De mirar en la oscuridad.




Costa Rica, 13/03/2023

Acuarelas

miércoles, 13 de febrero de 2013 · 0 comentarios



El problema que tiene la humanidad es de desprendimiento. Nos gusta aferrarnos a las cosas y no queremos perderlas. Desesperadamente conservamos un afán de hacer prisioneros a lo hermoso), a lo que nos perturba desde el alma al todo. Por eso creamos arte; buscamos inmortalizar para no sentir el abandono de nuestras emociones, queremos encontrarlas a través del tiempo. Por eso creemos en Dios, el abandono de una raza es intolerable.  Pero es esta conciencia que cargamos de la ausencia la que nos inspira a amar, a arriesgarnos, a soñar. Nuestro problema es el mayor beneficio de nuestra especie.

La falta de una metamorfosis.

domingo, 16 de diciembre de 2012 · 0 comentarios

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Andrea Crespo se despertó convertida en la habitual y monstruosa versión de ella misma. 

Terrible ocurrrencia era despertar y darse cuenta de que nada había cambiado.

Se habla venezolano (desahogo)

martes, 4 de diciembre de 2012 · 0 comentarios


Todos somos unos güevones. Partamos de esa premisa y salimos ya de ese peo.
Voy a hablar desde la experiencia porque es lo único que cualquiera lleva consigo. Y creo que todo este peo que cargo encima es la esencia de lo que significa la transculturización, la cual se entiende como “los procesos de difusión o infiltración de complejos o rasgos culturales de una a otra sociedad o grupo social”, dijo otro güevón como yo pero creo que fue a la universidad y terminó posteando la tesis en internet. No le vamos a echar la culpa a la globalización, porque este conflicto es milenario, y es que podemos rastrear esto hasta los colonizadores que se mancillaban a las indígenas y tal (vamos a verlo así, como una tortura, porque eso nos dicen los libros de historia de Venezuela, ya-tú-sabe-los-españoles-son-lo-peor-y-qué-viva-la-resistencia-indígena). Bueno, empiezo con el cuento. Yo me mudé a Costa Rica, me vine para acá sin saber un coño de nadie, de vaina y sabía quién era Óscar Arias, por los discursos y la vaina de paz en Centroamérica. Me vine por varias razones, pero eso no entra aquí, entonces como que borro esta línea. Mejor no. Me vine porque estaba harta de vivir cagadísima y porque surgió una oportunidad laboral para alguien en mi familia que era realmente importante. No quisiera decir que me fui por Chávez, aunque todo, realmente, gira entorno a su omnipotente presencia. No borré la línea. Esta soy yo sin filtro, cruda, desahogándome. Tres veces más vulgar. Porque en mi mente las groserías que digo se entienden y no me tengo que preocupar por que no sea así. Volvamos a eso. De eso quiero hablar: la transculturización. Resulta que yo quería hacer vainas muy de pinga en este país, incluso me instruí decentemente en su historia y en la centroamericana, para poder hablar con propiedad, ¿sabes? Entonces me quise involucrar. Pero algo estaba fallando. Era una barrera que no podía cruzar, como tener un murito pendejo enfrente y la escalerita al lado pero no saber si la quieres usar. 
La vaina es que no me entienden. Digo, tengo pocos amigos ticos y al inicio era de pinga que compartiéramos expresiones y aprendiéramos el argot del otro. Pero yo no usaba la jerga de los ticos y ellos no tenían por qué usar la mía, no estaban en mi país. Entonces por más cómico y buenavaina que suenen ciertas cosas, había ese factorcito de “siempre está hablando en otro registro”. No nos podíamos conectar. Era tan simple como remplazar el “necesito que me digas una vaina” por “ocupo (uy, cómo me caga el mal uso de esa palabra) que me digás algo”.
La cosa es que el venezolano le guarda cierto rencor a los que están afuera y ese güevo se lo tiene que calar uno, tolerar los tuits de la gente que rechaza la opinión de otros solo porque están lejos. Otros venezolanos, tienen la patria sumamente arraigada y no lo pueden ver a uno diciendo otra cosa que no sea “mira, ahí está el chigüire que va comiéndose una arepa y un tomándose un guayoyo con cocuy”. O cualquier variación de una vaina que suene muy nosotros. El caso es que los venezolanos les tienen arrechera a todos los venezolanos que se han ido y que se atreven a cambiar algunas palabritas. Pero es esencial, es básico, es fundamental: si no alteramos en lo más mínimo nuestro lenguaje cuando nos comunicamos con los nativos (podemos verlo como enriquecimiento, si somos optimistas) no vamos a poder transmitir un mensaje de la manera más efectiva. No estoy diciendo que voy a empezar a darle con el ustedeo en todas mis relaciones cercanas, porque me es ajeno y fingido, pero sí siento que hay expresiones ticas que debo usar porque mi vivencia fue tica. No puedo decir otra cosa que “eso es un despiche” si para mis interlocutores lo que sucedió es que se volvió mierda todo, un completo desastre: para ellos es esencialmente un despiche. No voy a decir, tampoco, “el acontecimiento alarmante consistió en la desestructuración de todos los elementos que fundamentaban el asunto a tratar”. ¡¿Por qué?! 
La comunicación es dinámica y bilateral. Y su propósito es expresar ideas, sentimientos, transmitir un mensaje. No gano nada al sucumbir a las amenazas de que me van a odiar mis coterráneos.  Sigo pensando que el español de Venezuela posee cierta supremacía, pero esa soy yo, por mojoneada y pajúa, y porque es el español que mejor sé expresar, es el mío. Pero ya esos estándares le quedan chiquitos al mundo y a este proceso transcultural.  La selección natural discute que los organismos que triunfan son aquellos superiores por su poder de adaptación. Ajá. Y si te mudas y no te adaptas, ¿no crees que te estés saboteando la existencia porque andas en un rollo mental donde sientes que estás sobreviviendo y no tripeándote vivir en el extranjero?
La transculturización tiene su buena vaina y su maltripeo. En parte, nos ayuda a sentir que no estamos solos ni aislados, y que estamos en constante movimiento evolucionario; podemos romper un montón de paradigmas, observarnos desde otra perspectiva y forjar cosas nuevas. Ser cosas nuevas, individuos listos para transitar el mundo. Pero también está esa parte chimba del sentimiento de invasión, donde una cultura siente que vino un poco de gente a montar el rancho en la finca de la noche a la mañana (paréntesis: esto no inició con Chávez, me ladilla burda cuando la habla taaantas güevonadas. Quien leyó Doña Bárbara en noveno grado porque se tomó el trabajo de hacerlo sabe que no es así. Hasta esa maldita le choripaneaba los terrenos de Altamira a Luzardo y se lo caribeaba durísimo al principio. Claro que la obra indica que contra esa vaina se lucha. Sigo. Cierre del paréntesis.) y es por eso que le agarran arrechera a los extranjeros. Los oriundos de la tierra sienten, en un afán retrógrado, que les están robando algo porque les caga la competencia y no ven los beneficios. 
Escribo esto porque me quiero sentir ciudadana del mundo, pero también quiero habitar mi propio cuerpo y expresarme, por un segundo, como me da la gana. Y en mi cabeza se habla venezolano. Suerte con esa vaina. Me entregaré momentáneamente al estereotipo que tenemos (el gastronómico, no el político) y me voy a comer una arepa. 
Fin del (quizás exitoso) comunicado.

Pasión

sábado, 13 de octubre de 2012 · 0 comentarios

La raíz de la palabra pasión es passio, es decir, sufrimiento en latín. Esta viene de patior y tiene sus orígenes en la lengua griega, en la cual, este término es utilizado para referirse a "padecer" de algo o "sufrir" por ello, ya que no tiene remedio.

Lo que trato de anunciarles es que la pasión es, esencialmente, una enfermedad.

Disfraz

miércoles, 3 de octubre de 2012 · 0 comentarios

Increíble como simplemente uno lavará los platos, hará la cena, secará la ropa, terminará de estudiar y se irá dormir, para levantarse al día siguiente a cumplir obligaciones.

Y durante todo ese tiempo, queriendo morir. Con un pequeño disfraz de vitalidad y alegría, cuando por dentro te has matado veintiocho veces de diferentes maneras.

Superficies emergentes

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A Massimo

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días ausencia férrea, letargo y silencio. La mirada del ladrón era incapaz de abandonar la mesa tambaleante; su única pata declamaba orgullo con cada crepúsculo transeúnte.  El ladrón pensaba en la mujer. No se trataba de escribirla, quería develarla al tocarla, y quizás más tarde lograr materializarla en una onda pícara que se infiltrara en su tren de pensamiento.  Encima de la mesa, estaba el recordatorio infernal: un antiguo reloj cuyos soldados de arena alguna vez se hicieron pasar por caballeros, que en su demencia, se enfrentaron a unos molinos de viento.  Uno a uno, los soldados iban cayendo en la fosa eterna, aludiendo al torpe sacrificio.

No era una cuestión de honor en espacios oníricos. Esto le ocurría a quienes intentaban burlar el orden, su propia naturaleza. Tenía un andamio simpático y un carisma arcaico; no era inusual la recepción de miradas patidifusas. El ladrón no poseía condiciones superfluas, ni representaba al enamoramiento pasajero, se había comprometido de por vida con ella. Así, decidió visitar los recuerdos de aquella noche: el cese de los puñales acuosos finalmente le dio la bienvenida a la época decembrina. Ensimismado, se percató de su sentenciada desolación; la consciencia de un ladrón no podía soportar una compañía que fuese aún más foránea que la suya.

 El suelo, bajo el tenue farol, se vislumbraba lúgubre; una sola víctima meditaba en el centro de la plaza mayor. Hacía frío. Una cúpula ajena al modelo generacional cubría sus cabezas, y el ladrón percibió el delgado escalofrío que atacó los finos vellos del cuello distante. La mujer no giró su cabeza, se negó a reconocer su intromisión. Cuando el ladrón avanzó, inmediatamente se supo atrapado; era la silente amenaza de una entrega sin conflagración. Iba a tomar el bolso cuando una mano lo detuvo, entrelazando sus dedos. La víctima pronunció un consentimiento angelical y levantó la tira sobre su cabeza, despojándose de ella. Para él, había dejado de ser suficiente. Quería más, después de atender con deleite a los vocablos de su víctima, no podía arrancárselos del recuerdo. La mujer entregó todas sus posesiones y un hasta luego. Se levantó lentamente, cautelosa, e hizo su escape. El ladrón permaneció inmóvil, absorto en los eventos anteriores y en la sagrada voz de una víctima aleatoria.  Hurtar un bolso lo hacía ver inhábil, igualmente inútil. Era un ejército de un solo hombre, y a su vez, de nadie.

La más vieja de las luchas ocurría dentro de sí mismo. Regresó al día siguiente, y otros tres más; escondido entre columnas podría disfrutar de la armoniosa y diligente voz del rezo. Después de diecisiete plegarias, sintió que conocía a su víctima; podía saborearla con cada súplica. La voz era venenosa, un terrón de azúcar peligroso que se hacía tangible en las manos del ladrón; sentía el almíbar madrugador cuando intentaba recrearla en su bandurria. Sin embargo, cuando sus cuerdas mundanas intentaban recrear las de aquella mujer, la melodía carecía del encanto esencial.  Un bombillo se prendió dentro de él y con la más elemental de las convicciones, se aventuró en la infinidad de la noche.

Esta vez no dudó. El pesado cuerpo delincuente arremetió contra ella; instantáneamente se posaron sobre el frágil cuello los dedos victimizantes. Apretó cuanto pudo hasta poder suscitar un grito blanco de su víctima. Al terminar, empujó el cuerpo inservible y se llevó la voz en sus manos mientras la arrullaba como a un infante, celándola del nefasto orbe.

No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días de ausencia férrea, letargo y silencio. Conmemoró el intento fallido de aquella noche, cuando había querido ahogar la voz en un respiro desesperado; su intención era consumar el robo maldito. El ladrón sufrió un impacto del entendimiento y tomó la bandurria una vez más.

Esa noche la convirtió en el fondo, en el centro, en la fachada de su existencia. La música era su mujer; la voz no fue más que una musa en potencia, disfrazada de víctima. El ladrón, ahora, se creía acreedor del misterio y poseedor del único compromiso verdadero al que tantos hombres se hubiesen entregado siglos atrás. Tomó el reloj de arena y violentamente lo puso de cabeza: ahora él construiría su propio tiempo.



El fuego compacto

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Hace dos años probé el cigarrillo. El humo, a pesar de ser reconfortante, se fue por el camino viejo, como dicen porai. Me ahogué. Pero como soy un ser humano y apelo al absurdo, no me rendí, seguí con mi terquedad y volví a reclamar el aliento que enciende el fuego del yesquero. Estabas a mi lado, te burlaste de mi torpeza y reclamabas quiescencia. No te iba a conceder un carajo. Lo volví a intentar y me ahogué; quizás repetí la acción tres o cuatro veces. 

Cuando era un niño, creía que “fuego lento” se refería a cigarro, yo vi en el cilindro la muerte de las llamas. Para mí tenía sentido. Cuando fumaba, me estaba tragando el fuego y tenía sentido. Yo exhalaba la muerte de una flama, una última voluntad expirada. No aguanté tus carcajadas y desistí de mi empeño. Ya la cabeza me dolía de tan solo pensar que quienes fuman asesinan, ex profeso, las pasiones.

Hoy me despedí de ti y me entraron unas ganas terribles de fumar.