Aquí una canción de Dany Rivera porque a mi mamá le gusta. Y porque también los hombres de rabia lloran. O por cualquier cosa. Todos lloramos. Spoiler.
martes, 29 de abril de 2014
Prohibido ser humano
Aquí una canción de Dany Rivera porque a mi mamá le gusta. Y porque también los hombres de rabia lloran. O por cualquier cosa. Todos lloramos. Spoiler.
jueves, 17 de abril de 2014
Mi carta de despedida para el Gabo - Salida del laberinto
domingo, 13 de abril de 2014
Nosotros (los hijos bastardos de Bolívar)
martes, 18 de febrero de 2014
Por una Venezuela sin autoflagelación
No obstante, nos hicieron apasionados. Esta carga histórica que nos hizo militantes de una causa, también nos dio la propiedad y el valor para amar. Es solo cuestión de comprender lo que significa amar a la patria, porque una nación somos todos. Una nación es la gente. ¿Qué es amar a la patria? Es amar al otro. Y entonces, quizás, si los venezolanos aprendemos a amarnos (tanto nosotros mismos como a nuestros conciudadanos) podremos finalmente tener una verdadera nación. Un país que no se autoflagele. Un solo amor que conquiste todas las cosas, una Venezuela que ostente su bandera para gritar libertad.
El día interminable
Desde que llegué, solo he sentido un profundo pesar por mi país. Primero, tuve que físicamente combatir gente por unos potes de leche. Hacer filas interminables y búsquedas exhaustivas. Tuve que conformarme con el hecho de que hay cosas que simplemente no voy a conseguir. Conformarme con que se vaya el agua. Conformarme con los apagones. Conformarme con la paranoia que siento cada vez que salgo a la calle y al volver antes de que se oculte el sol, aunque no haga mucha diferencia. Conformarme con ver militares en un supermercado, conformarme con ver militares en todos lados. Conformarme con que el dinero no valga nada. Conformarme con cada propaganda en las calles donde Chávez es el Libertador y la revolución de la miseria para todos se proclama eterna. Conformarme con el miedo. Conformarme con el discurso de odio y la división. Conformarme con la desesperación. Conformarme con la patria, aunque la muerte y el hambre no tengan color político.
No obstante, puedo afirmar que estamos cansados. Estamos hartos de conformarnos.
A los valientes que perdieron su vida para hacerse escuchar solo puedo decirles que lo siento. Pero entiendo que su último acto de valor fue conformarse con la muerte, con su sangre, para no ser olvidados por ninguno de nosotros. Lamento que hayan tenido que conformarse. Todos temblamos ante la visión de unas manos blancas teñidas de rojo.
Lamento todo. Me duelen y me duele la conformidad. Pero su voz resuena en los oídos de la resistencia, y aunque la esperanza se deforme con cada atentado contra nosotros, su voz perdurará. Cada fondo es más profundo y nos encontraremos a nosotros mismos. Pero los estamos esperando en la Venezuela que ustedes soñaron. Se la estamos prometiendo. Y serán libres.
Lo siento tanto.
viernes, 25 de octubre de 2013
Mi lucha contra el tiempo
ha caído
las horas renunciaron
y me quedé atascada
en este aliento
en estas náuseas
en el adiós que no tuvimos
y el saludo que se detuvo.
Te escribo porque los brazos del reloj
no me dan calor
Y el tiempo se tomó un día libre,
se olvidó que estamos presos
en él.
La frecuencia se fue
de vacaciones
y se llevó el patrón del encuentro,
nuestro encuentro.
Y ahora no soy rumor de multitudes
ni burlas entre luces
Solo espero por el tiempo.
sábado, 19 de octubre de 2013
Carta tardía en medio del desasosiego
Dejé de saber las cosas. Dejé de conocerlo todo, pues tiré todo y saqué todo de mí para andar únicamente con tu recuerdo. Debería ser ilegal caminar por este planeta con tanta certeza, aun dentro de todo lo indefinido e indefinible. Ya no hay incertidumbre recorriendo mi espina dorsal. Ya no me abruma el escalofrío que antecede al miedo. Ahora sé que estás, sé que existes; aunque ya no estén tus manos, ni tus besos, ni tus caricias. Pero estás. Estuviste. Estuvimos. Y estoy. Por primera vez, soy un náufrago que sabe que solo es cuestión de tiempo hasta encontrar tierra. Y esa es la mayor diferencia entre quienes están perdidos y quienes solo están viviendo una aventura.
Tu muerte
Simplemente la izamos en el aire.
Y así lo dijo él.
El guardián y nuestro refugio.
Tu muerte no se llora.
La izamos en el aire.
Porque amarte fue la bandera de mi libertad
el símbolo de nuestra patria
el hogar escondido en tu pecho.
Porque amarte pasó a ser el sentido,
la representación de mi existencia,
su única justificación.
Y cuando te vayas con el viento,
tu nombre será un himno de despedida,
un saludo,
una mano que rasguña el corazón.
domingo, 12 de mayo de 2013
Mudar la piel
La mujer amaneció odiando todos los rincones, todos los espacios, todos los pedazos; se despertó con la terrible conciencia de saberse finita. Fue sacudida por la presencia del cosmos plegada a su ser y su no ser, plasmado en cada bloque; cada célula era un evento que se hacía parte de ella, de cada curva, cada línea del cuerpo interminable. Exhaló un suspiro hastiado, cargado de sueños incompletos. La mujer intentaba arduamente soñar con aquello que pensaba antes de irse a dormir, quería replicar la fantasía diurna; debajo de su almohada yacían todas las esperanzas, rabietas, mordiscos y lágrimas. La mujer dormía boca abajo para sentir la presión del deseo sobre su cabeza sin tener que verla. Esa mañana, con el hocico aplastado contra las arrugas de la sábana, la almohada era más difícil de remover. El mundo tenía un peso inamovible, se trazaba sobre una circunferencia de tragedia infinita; ella solo quería bajarse en la esquina. Gritó. Contra los brazos del amante invisible pataleó. Volvió a gritar.
La mujer vociferaba excusas para acabar con el hilo y el discurso. Estaba enredada en listones blancos, solemnes lazos que la ataban a su cama. Era irreconocibles cenizas, un esbozo de su existencia. Parecía haberse convertido en tan solo el boceto de esa mujer. Quería rasgar el papel, destruir por completo esa idea interrumpida que todos se habían hecho de ella. La destrucción se sabía como otra forma de creación, el cataclismo de su totalidad era necesario para la catarsis del alma; con un abrupto giro ya se encontraba en el medio del colchón, abierta, esperando. La soledad se hallaba en la caída y la elevación cansada del pecho desnudo.
Comenzó resbalando sus yemas a lo largo de su abdomen, oprimiendo la piel abultada. Sus dedos trazaron el contorno de sus caderas, la hendidura inocente que precedía a sus hinchados muslos. Calentó sus manos entre sus piernas. La mujer se sentía dueña de cada uno de sus pétalos, queridos o no. Escurrió una garra y apretó una de sus nalgas, patinando hacia sus piernas. Clavó sus uñas en sus sesgados senos, el filo de sus uñas cortaba lentamente el pezón cargado de besos agrestes. Le tomó horas. Mordió sus dedos y capturó entre dientes un tajo de su pellejo. Tiró de él violentamente, desnudando sus manos. No desistió hasta desvestir sus brazos. Arrancó la cáscara de sus muslos, hasta sentir que su cuerpo se sostenía sobre sus breves tobillos. Hundió sus uñas en el abismo del ombligo, rasgando cada una de sus partes usadas. Veintitrés mariposas se habían escondido en su corteza y en un instante batieron las alas teñidas de vino para no regresar jamás.
Cada recuerdo ausente flotaba en el aire como una partícula del polvo, danzando con el sol; había cierta gracia en la despedida de lo indeseable. La mujer se hallaba desnuda, abierta, esperando y ahora completamente erguida. En carne viva, más viva que nunca.
martes, 26 de marzo de 2013
Ojos grises
Por lidiar con mis piojos, por lidiar conmigo. Por la sopita especial que nos hacías a mi hermano y a mí. Por lavarme las medias. Por coserme los pantalones del colegio. Por mandarme a hacer las tortas en mi cumpleaños, por mandar a hacer los disfraces de cada obra de teatro. Por ponerme talquito en las axilas después de bañarme con una motica felpuda. Por bañarme con agua tibia, incluso cuando no tenías agua caliente y tenías que calentarla en una olla. La mezclabas, se convertía en la temperatura perfecta, y me bañabas con un balde. Por lavarme mis tiernos rizos con champú. Por revisar todas las noches si estaba durmiendo bien, y por arroparme cuando notabas que no. Por curarme las orejas cuando los desgraciados secuestradores las destrozaron. Por ir a todas mis presentaciones cuando mis padres no iban, porque estaban muy ocupados.
Te amo y te voy a amar siempre. Te he extrañado durante todos estos años y creo que nunca dejaré de hacerlo. Perdóname. Perdóname por todo. Perdóname por haber sido una idiota y haber rectificado cuando ya no podías estar consciente. Perdóname por haberte rechazado cuando me querías enseñar a coser… Ahora lo hago y lo disfruto un montón. Perdóname por no haber ido con mi vestido naranja a tu cama cuando cumplí quince años. Perdóname por haberme reído. Perdóname por haberte hecho parte de las anécdotas. Perdóname. Perdóname. Perdóname como yo debo perdonar a Dios por no permitirte ver la mujer en la que me he convertido. Y espero que Dios también me permita perdonarme a mí misma.
domingo, 3 de marzo de 2013
Prosa de un verano invertido
Que culpo a la tierra porque la llevo sobre los hombros,
Con la sangre enardecida que irá a regar
Otro huerto.
Que me duele el costado
Porque la mejilla de la luna se aparece en todos lados
Y la tengo que compartir contigo.
Que no es culpa mía, que la tierra tiene la culpa.
Que Orión te está viendo llevártela cada seis meses
Y me deja sin nada,
Para que mis ojos desistan,
Cansados,
De mirar en la oscuridad.
Costa Rica, 13/03/2023
miércoles, 13 de febrero de 2013
Acuarelas
domingo, 16 de diciembre de 2012
La falta de una metamorfosis.
Terrible ocurrrencia era despertar y darse cuenta de que nada había cambiado.
martes, 4 de diciembre de 2012
Se habla venezolano (desahogo)
sábado, 13 de octubre de 2012
Pasión
Lo que trato de anunciarles es que la pasión es, esencialmente, una enfermedad.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Disfraz
Y durante todo ese tiempo, queriendo morir. Con un pequeño disfraz de vitalidad y alegría, cuando por dentro te has matado veintiocho veces de diferentes maneras.
Superficies emergentes
No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días ausencia férrea, letargo y silencio. La mirada del ladrón era incapaz de abandonar la mesa tambaleante; su única pata declamaba orgullo con cada crepúsculo transeúnte. El ladrón pensaba en la mujer. No se trataba de escribirla, quería develarla al tocarla, y quizás más tarde lograr materializarla en una onda pícara que se infiltrara en su tren de pensamiento. Encima de la mesa, estaba el recordatorio infernal: un antiguo reloj cuyos soldados de arena alguna vez se hicieron pasar por caballeros, que en su demencia, se enfrentaron a unos molinos de viento. Uno a uno, los soldados iban cayendo en la fosa eterna, aludiendo al torpe sacrificio.
No era una cuestión de honor en espacios oníricos. Esto le ocurría a quienes intentaban burlar el orden, su propia naturaleza. Tenía un andamio simpático y un carisma arcaico; no era inusual la recepción de miradas patidifusas. El ladrón no poseía condiciones superfluas, ni representaba al enamoramiento pasajero, se había comprometido de por vida con ella. Así, decidió visitar los recuerdos de aquella noche: el cese de los puñales acuosos finalmente le dio la bienvenida a la época decembrina. Ensimismado, se percató de su sentenciada desolación; la consciencia de un ladrón no podía soportar una compañía que fuese aún más foránea que la suya.
El suelo, bajo el tenue farol, se vislumbraba lúgubre; una sola víctima meditaba en el centro de la plaza mayor. Hacía frío. Una cúpula ajena al modelo generacional cubría sus cabezas, y el ladrón percibió el delgado escalofrío que atacó los finos vellos del cuello distante. La mujer no giró su cabeza, se negó a reconocer su intromisión. Cuando el ladrón avanzó, inmediatamente se supo atrapado; era la silente amenaza de una entrega sin conflagración. Iba a tomar el bolso cuando una mano lo detuvo, entrelazando sus dedos. La víctima pronunció un consentimiento angelical y levantó la tira sobre su cabeza, despojándose de ella. Para él, había dejado de ser suficiente. Quería más, después de atender con deleite a los vocablos de su víctima, no podía arrancárselos del recuerdo. La mujer entregó todas sus posesiones y un hasta luego. Se levantó lentamente, cautelosa, e hizo su escape. El ladrón permaneció inmóvil, absorto en los eventos anteriores y en la sagrada voz de una víctima aleatoria. Hurtar un bolso lo hacía ver inhábil, igualmente inútil. Era un ejército de un solo hombre, y a su vez, de nadie.
La más vieja de las luchas ocurría dentro de sí mismo. Regresó al día siguiente, y otros tres más; escondido entre columnas podría disfrutar de la armoniosa y diligente voz del rezo. Después de diecisiete plegarias, sintió que conocía a su víctima; podía saborearla con cada súplica. La voz era venenosa, un terrón de azúcar peligroso que se hacía tangible en las manos del ladrón; sentía el almíbar madrugador cuando intentaba recrearla en su bandurria. Sin embargo, cuando sus cuerdas mundanas intentaban recrear las de aquella mujer, la melodía carecía del encanto esencial. Un bombillo se prendió dentro de él y con la más elemental de las convicciones, se aventuró en la infinidad de la noche.
Esta vez no dudó. El pesado cuerpo delincuente arremetió contra ella; instantáneamente se posaron sobre el frágil cuello los dedos victimizantes. Apretó cuanto pudo hasta poder suscitar un grito blanco de su víctima. Al terminar, empujó el cuerpo inservible y se llevó la voz en sus manos mientras la arrullaba como a un infante, celándola del nefasto orbe.
No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días de ausencia férrea, letargo y silencio. Conmemoró el intento fallido de aquella noche, cuando había querido ahogar la voz en un respiro desesperado; su intención era consumar el robo maldito. El ladrón sufrió un impacto del entendimiento y tomó la bandurria una vez más.
Esa noche la convirtió en el fondo, en el centro, en la fachada de su existencia. La música era su mujer; la voz no fue más que una musa en potencia, disfrazada de víctima. El ladrón, ahora, se creía acreedor del misterio y poseedor del único compromiso verdadero al que tantos hombres se hubiesen entregado siglos atrás. Tomó el reloj de arena y violentamente lo puso de cabeza: ahora él construiría su propio tiempo.
El fuego compacto
Prohibido ser humano
Aquí una canción de Dany Rivera porque a mi mamá le gusta. Y porque también los hombres de rabia lloran. O por cualquier cosa. Todos lloramos. Spoiler.
Mi carta de despedida para el Gabo - Salida del laberinto
Nosotros (los hijos bastardos de Bolívar)
Por una Venezuela sin autoflagelación
Todo este rollo psicológico es muy duro. Latinoamérica es "un pueblo sin piernas pero que camina" y el militarismo nos ha jodido incontables veces, porque nos ha enseñado a amar una raíz más que al árbol completo. La desigualdad genera odio, y los dirigentes no hacen más que cultivarlo para poder tener electores en papel. Pero nuestras vidas no son solo lo que cupo en el obituario del periódico. Somos más que un número atrapado dentro una caja. Y nos quisieron vender que el "calor latinoamericano" debe justificar el masoquismo y el sufrimiento que conlleva. Nos han hecho odiarnos y dividirnos, hasta convertir en ídolos las distintas personalidades; la bala es solo consecuencia del desprecio que nos han infundido. Nos han enseñado a repudiar la riqueza del otro cuando la vemos, en vez de verla para asegurarnos de que es suficiente.
No obstante, nos hicieron apasionados. Esta carga histórica que nos hizo militantes de una causa, también nos dio la propiedad y el valor para amar. Es solo cuestión de comprender lo que significa amar a la patria, porque una nación somos todos. Una nación es la gente. ¿Qué es amar a la patria? Es amar al otro. Y entonces, quizás, si los venezolanos aprendemos a amarnos (tanto nosotros mismos como a nuestros conciudadanos) podremos finalmente tener una verdadera nación. Un país que no se autoflagele. Un solo amor que conquiste todas las cosas, una Venezuela que ostente su bandera para gritar libertad.
El día interminable
Valencia, 12 de febrero del 2014
Desde que llegué, solo he sentido un profundo pesar por mi país. Primero, tuve que físicamente combatir gente por unos potes de leche. Hacer filas interminables y búsquedas exhaustivas. Tuve que conformarme con el hecho de que hay cosas que simplemente no voy a conseguir. Conformarme con que se vaya el agua. Conformarme con los apagones. Conformarme con la paranoia que siento cada vez que salgo a la calle y al volver antes de que se oculte el sol, aunque no haga mucha diferencia. Conformarme con ver militares en un supermercado, conformarme con ver militares en todos lados. Conformarme con que el dinero no valga nada. Conformarme con cada propaganda en las calles donde Chávez es el Libertador y la revolución de la miseria para todos se proclama eterna. Conformarme con el miedo. Conformarme con el discurso de odio y la división. Conformarme con la desesperación. Conformarme con la patria, aunque la muerte y el hambre no tengan color político.
No obstante, puedo afirmar que estamos cansados. Estamos hartos de conformarnos.
A los valientes que perdieron su vida para hacerse escuchar solo puedo decirles que lo siento. Pero entiendo que su último acto de valor fue conformarse con la muerte, con su sangre, para no ser olvidados por ninguno de nosotros. Lamento que hayan tenido que conformarse. Todos temblamos ante la visión de unas manos blancas teñidas de rojo.
Lamento todo. Me duelen y me duele la conformidad. Pero su voz resuena en los oídos de la resistencia, y aunque la esperanza se deforme con cada atentado contra nosotros, su voz perdurará. Cada fondo es más profundo y nos encontraremos a nosotros mismos. Pero los estamos esperando en la Venezuela que ustedes soñaron. Se la estamos prometiendo. Y serán libres.
Lo siento tanto.
Mi lucha contra el tiempo
Te escribo porque el tiempo
ha caído
las horas renunciaron
y me quedé atascada
en este aliento
en estas náuseas
en el adiós que no tuvimos
y el saludo que se detuvo.
Te escribo porque los brazos del reloj
no me dan calor
Y el tiempo se tomó un día libre,
se olvidó que estamos presos
en él.
La frecuencia se fue
de vacaciones
y se llevó el patrón del encuentro,
nuestro encuentro.
Y ahora no soy rumor de multitudes
ni burlas entre luces
Solo espero por el tiempo.
Carta tardía en medio del desasosiego
Necesito desahogarme, lo cual inevitablemente es un atajo para
ahogarme. Patalear desesperadamente en el océano no te saca de la
tempestad. Escribo porque no sé cómo caminar ahora. Olvidé qué incita
mis pasos. No sé cómo avanzar sin extender una mano hacia atrás para que
me alcances, ni seguirte si no estás guiándome. A veces me cuesta
batallar contra la circunstancia, los husos horarios, el verano que
derrite los huesos de tus caderas y la tinta que no se desliza tan
fácilmente sobre el papel. No sé cepillarme los dientes sin la sorpresa
del agua tibia, no sé cómo dejar de buscarte en el vapor. No he querido
lavar mi cabello, las hebras buscarían enredarse entre tus dedos para
aferrarse al recuerdo de la última lavada por tus manos.
Dejé de saber las cosas. Dejé de conocerlo todo, pues tiré todo y
saqué todo de mí para andar únicamente con tu recuerdo. Debería ser
ilegal caminar por este planeta con tanta certeza, aun dentro de todo lo
indefinido e indefinible. Ya no hay incertidumbre recorriendo mi espina
dorsal. Ya no me abruma el escalofrío que antecede al miedo. Ahora sé
que estás, sé que existes; aunque ya no estén tus manos, ni tus besos,
ni tus caricias. Pero estás. Estuviste. Estuvimos. Y estoy. Por primera
vez, soy un náufrago que sabe que solo es cuestión de tiempo hasta
encontrar tierra. Y esa es la mayor diferencia entre quienes están
perdidos y quienes solo están viviendo una aventura.
Tu muerte
Tu muerte no se llora.
Simplemente la izamos en el aire.
Y así lo dijo él.
El guardián y nuestro refugio.
Tu muerte no se llora.
La izamos en el aire.
Porque amarte fue la bandera de mi libertad
el símbolo de nuestra patria
el hogar escondido en tu pecho.
Porque amarte pasó a ser el sentido,
la representación de mi existencia,
su única justificación.
Y cuando te vayas con el viento,
tu nombre será un himno de despedida,
un saludo,
una mano que rasguña el corazón.
Mudar la piel
La mujer amaneció odiando todos los rincones, todos los espacios, todos los pedazos; se despertó con la terrible conciencia de saberse finita. Fue sacudida por la presencia del cosmos plegada a su ser y su no ser, plasmado en cada bloque; cada célula era un evento que se hacía parte de ella, de cada curva, cada línea del cuerpo interminable. Exhaló un suspiro hastiado, cargado de sueños incompletos. La mujer intentaba arduamente soñar con aquello que pensaba antes de irse a dormir, quería replicar la fantasía diurna; debajo de su almohada yacían todas las esperanzas, rabietas, mordiscos y lágrimas. La mujer dormía boca abajo para sentir la presión del deseo sobre su cabeza sin tener que verla. Esa mañana, con el hocico aplastado contra las arrugas de la sábana, la almohada era más difícil de remover. El mundo tenía un peso inamovible, se trazaba sobre una circunferencia de tragedia infinita; ella solo quería bajarse en la esquina. Gritó. Contra los brazos del amante invisible pataleó. Volvió a gritar.
La mujer vociferaba excusas para acabar con el hilo y el discurso. Estaba enredada en listones blancos, solemnes lazos que la ataban a su cama. Era irreconocibles cenizas, un esbozo de su existencia. Parecía haberse convertido en tan solo el boceto de esa mujer. Quería rasgar el papel, destruir por completo esa idea interrumpida que todos se habían hecho de ella. La destrucción se sabía como otra forma de creación, el cataclismo de su totalidad era necesario para la catarsis del alma; con un abrupto giro ya se encontraba en el medio del colchón, abierta, esperando. La soledad se hallaba en la caída y la elevación cansada del pecho desnudo.
Comenzó resbalando sus yemas a lo largo de su abdomen, oprimiendo la piel abultada. Sus dedos trazaron el contorno de sus caderas, la hendidura inocente que precedía a sus hinchados muslos. Calentó sus manos entre sus piernas. La mujer se sentía dueña de cada uno de sus pétalos, queridos o no. Escurrió una garra y apretó una de sus nalgas, patinando hacia sus piernas. Clavó sus uñas en sus sesgados senos, el filo de sus uñas cortaba lentamente el pezón cargado de besos agrestes. Le tomó horas. Mordió sus dedos y capturó entre dientes un tajo de su pellejo. Tiró de él violentamente, desnudando sus manos. No desistió hasta desvestir sus brazos. Arrancó la cáscara de sus muslos, hasta sentir que su cuerpo se sostenía sobre sus breves tobillos. Hundió sus uñas en el abismo del ombligo, rasgando cada una de sus partes usadas. Veintitrés mariposas se habían escondido en su corteza y en un instante batieron las alas teñidas de vino para no regresar jamás.
Cada recuerdo ausente flotaba en el aire como una partícula del polvo, danzando con el sol; había cierta gracia en la despedida de lo indeseable. La mujer se hallaba desnuda, abierta, esperando y ahora completamente erguida. En carne viva, más viva que nunca.
Ojos grises
Quiero agradecerte…
Por lidiar con mis piojos, por lidiar conmigo. Por la sopita especial
que nos hacías a mi hermano y a mí. Por lavarme las medias. Por coserme
los pantalones del colegio. Por mandarme a hacer las tortas en mi
cumpleaños, por mandar a hacer los disfraces de cada obra de teatro. Por
ponerme talquito en las axilas después de bañarme con una motica
felpuda. Por bañarme con agua tibia, incluso cuando no tenías agua
caliente y tenías que calentarla en una olla. La mezclabas, se convertía
en la temperatura perfecta, y me bañabas con un balde. Por lavarme mis
tiernos rizos con champú. Por revisar todas las noches si estaba
durmiendo bien, y por arroparme cuando notabas que no. Por curarme las
orejas cuando los desgraciados secuestradores las destrozaron. Por ir a
todas mis presentaciones cuando mis padres no iban, porque estaban muy
ocupados.
Te amo y te voy a amar siempre. Te he extrañado durante todos estos
años y creo que nunca dejaré de hacerlo. Perdóname. Perdóname por todo.
Perdóname por haber sido una idiota y haber rectificado cuando ya no
podías estar consciente. Perdóname por haberte rechazado cuando me
querías enseñar a coser… Ahora lo hago y lo disfruto un montón.
Perdóname por no haber ido con mi vestido naranja a tu cama cuando
cumplí quince años. Perdóname por haberme reído. Perdóname por haberte
hecho parte de las anécdotas. Perdóname. Perdóname. Perdóname como yo
debo perdonar a Dios por no permitirte ver la mujer en la que me he
convertido. Y espero que Dios también me permita perdonarme a mí misma.
Prosa de un verano invertido
Que la culpa no es mía, que la culpa es de la tierra.
Que culpo a la tierra porque la llevo sobre los hombros,
Con la sangre enardecida que irá a regar
Otro huerto.
Que me duele el costado
Porque la mejilla de la luna se aparece en todos lados
Y la tengo que compartir contigo.
Que no es culpa mía, que la tierra tiene la culpa.
Que Orión te está viendo llevártela cada seis meses
Y me deja sin nada,
Para que mis ojos desistan,
Cansados,
De mirar en la oscuridad.
Costa Rica, 13/03/2023
Acuarelas
La falta de una metamorfosis.
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Andrea Crespo se despertó convertida en la habitual y monstruosa versión de ella misma.
Terrible ocurrrencia era despertar y darse cuenta de que nada había cambiado.
Se habla venezolano (desahogo)
Pasión
La raíz de la palabra pasión es passio, es
decir, sufrimiento en latín. Esta viene de patior y tiene sus orígenes
en la lengua griega, en la cual, este término es utilizado para
referirse a "padecer" de algo o "sufrir" por ello, ya que no tiene
remedio.
Lo que trato de anunciarles es que la pasión es, esencialmente, una enfermedad.
Disfraz
Increíble como simplemente uno lavará los platos, hará la cena,
secará la ropa, terminará de estudiar y se irá dormir, para levantarse
al día siguiente a cumplir obligaciones.
Y durante todo ese tiempo, queriendo morir. Con un pequeño disfraz de
vitalidad y alegría, cuando por dentro te has matado veintiocho veces
de diferentes maneras.
Superficies emergentes
No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días ausencia férrea, letargo y silencio. La mirada del ladrón era incapaz de abandonar la mesa tambaleante; su única pata declamaba orgullo con cada crepúsculo transeúnte. El ladrón pensaba en la mujer. No se trataba de escribirla, quería develarla al tocarla, y quizás más tarde lograr materializarla en una onda pícara que se infiltrara en su tren de pensamiento. Encima de la mesa, estaba el recordatorio infernal: un antiguo reloj cuyos soldados de arena alguna vez se hicieron pasar por caballeros, que en su demencia, se enfrentaron a unos molinos de viento. Uno a uno, los soldados iban cayendo en la fosa eterna, aludiendo al torpe sacrificio.
No era una cuestión de honor en espacios oníricos. Esto le ocurría a quienes intentaban burlar el orden, su propia naturaleza. Tenía un andamio simpático y un carisma arcaico; no era inusual la recepción de miradas patidifusas. El ladrón no poseía condiciones superfluas, ni representaba al enamoramiento pasajero, se había comprometido de por vida con ella. Así, decidió visitar los recuerdos de aquella noche: el cese de los puñales acuosos finalmente le dio la bienvenida a la época decembrina. Ensimismado, se percató de su sentenciada desolación; la consciencia de un ladrón no podía soportar una compañía que fuese aún más foránea que la suya.
El suelo, bajo el tenue farol, se vislumbraba lúgubre; una sola víctima meditaba en el centro de la plaza mayor. Hacía frío. Una cúpula ajena al modelo generacional cubría sus cabezas, y el ladrón percibió el delgado escalofrío que atacó los finos vellos del cuello distante. La mujer no giró su cabeza, se negó a reconocer su intromisión. Cuando el ladrón avanzó, inmediatamente se supo atrapado; era la silente amenaza de una entrega sin conflagración. Iba a tomar el bolso cuando una mano lo detuvo, entrelazando sus dedos. La víctima pronunció un consentimiento angelical y levantó la tira sobre su cabeza, despojándose de ella. Para él, había dejado de ser suficiente. Quería más, después de atender con deleite a los vocablos de su víctima, no podía arrancárselos del recuerdo. La mujer entregó todas sus posesiones y un hasta luego. Se levantó lentamente, cautelosa, e hizo su escape. El ladrón permaneció inmóvil, absorto en los eventos anteriores y en la sagrada voz de una víctima aleatoria. Hurtar un bolso lo hacía ver inhábil, igualmente inútil. Era un ejército de un solo hombre, y a su vez, de nadie.
La más vieja de las luchas ocurría dentro de sí mismo. Regresó al día siguiente, y otros tres más; escondido entre columnas podría disfrutar de la armoniosa y diligente voz del rezo. Después de diecisiete plegarias, sintió que conocía a su víctima; podía saborearla con cada súplica. La voz era venenosa, un terrón de azúcar peligroso que se hacía tangible en las manos del ladrón; sentía el almíbar madrugador cuando intentaba recrearla en su bandurria. Sin embargo, cuando sus cuerdas mundanas intentaban recrear las de aquella mujer, la melodía carecía del encanto esencial. Un bombillo se prendió dentro de él y con la más elemental de las convicciones, se aventuró en la infinidad de la noche.
Esta vez no dudó. El pesado cuerpo delincuente arremetió contra ella; instantáneamente se posaron sobre el frágil cuello los dedos victimizantes. Apretó cuanto pudo hasta poder suscitar un grito blanco de su víctima. Al terminar, empujó el cuerpo inservible y se llevó la voz en sus manos mientras la arrullaba como a un infante, celándola del nefasto orbe.
No pudo más. Ya habían transcurrido 388 días de ausencia férrea, letargo y silencio. Conmemoró el intento fallido de aquella noche, cuando había querido ahogar la voz en un respiro desesperado; su intención era consumar el robo maldito. El ladrón sufrió un impacto del entendimiento y tomó la bandurria una vez más.
Esa noche la convirtió en el fondo, en el centro, en la fachada de su existencia. La música era su mujer; la voz no fue más que una musa en potencia, disfrazada de víctima. El ladrón, ahora, se creía acreedor del misterio y poseedor del único compromiso verdadero al que tantos hombres se hubiesen entregado siglos atrás. Tomó el reloj de arena y violentamente lo puso de cabeza: ahora él construiría su propio tiempo.
El fuego compacto